Un imperio de saldo. Auge y caída del colonialismo alemán

Entre los muchos tópicos sobre la Alemania de Guillermo II hay uno especialmente persistente: la imagen de una potencia colonial como Gran Bretaña o Francia. Un examen más atento muestra algo muy distinto. El imperio colonial alemán fue tardío, breve y, en gran medida, accidental. Nació de las dudas de Bismarck, fue ampliado por las ambiciones mundiales del Kaiser y desapareció casi por completo en el primer año de guerra.

Sin embargo, su corta existencia produjo algunas de las páginas más sorprendentes de la historia imperial europea: la Conferencia de Berlín, la compra de archipiélagos españoles en el Pacífico, el genocidio herero-nama, las aventuras navales de Von Spee y el Emden, la defensa de África Oriental por Paul von Lettow-Vorbeck y la insólita supervivencia de la memoria de los askaris africanos hasta la Alemania Occidental de los años sesenta.

Bismarck y las colonias que no quería

El imperio colonial alemán comenzó con una paradoja. Su fundador no creía demasiado en él.

La política exterior de Otto von Bismarck estaba orientada hacia Europa. Su obsesión era preservar la posición conseguida en 1871, impedir una coalición hostil y mantener el equilibrio continental. Las colonias parecían caras, conflictivas y estratégicamente secundarias.

Sin embargo, en los años ochenta del siglo XIX las presiones económicas y nacionalistas fueron creciendo. Comerciantes, navieros, misioneros y grupos patrióticos reclamaban para Alemania un lugar entre las grandes potencias coloniales.

Así surgieron:

  • Togo.
  • Camerún.
  • África Sudoccidental Alemana (actual Namibia).
  • África Oriental Alemana (principalmente Tanganica).

El momento fundacional más importante tiene lugar en la Conferencia de Berlín de 1884-1885.

Resulta difícil imaginar una ironía mayor. Alemania apenas acababa de entrar en la carrera colonial y, sin embargo, Berlín se convertía en el lugar donde las potencias europeas acordaban las reglas para repartirse lo que quedaba de África.

El anfitrión del reparto mundial era precisamente el estadista europeo menos interesado en construir un imperio global.

Mientras británicos, franceses, belgas y alemanes se repartían algunos de los territorios más codiciados de África, España consolidó sus posiciones en la costa sahariana frente a Canarias, considerada por las potencias europeas una especie de terra nullius, jurídicamente disponible para la apropiación colonial.

Llegar tarde al reparto

Cuando Alemania decidió convertirse en potencia colonial, gran parte del planeta ya tenía propietario.

  • India era británica.
  • Indochina era francesa.
  • Indonesia era neerlandesa.
  • Argelia llevaba décadas bajo control francés.
  • América estaba prácticamente fuera del juego colonial europeo.

La consecuencia fue que Alemania llegó tarde a una fiesta que estaba terminando.

Esta circunstancia explica buena parte de la historia posterior del imperio alemán. Sus colonias nunca alcanzaron la importancia económica de las posesiones británicas o francesas. Eran, sobre todo, símbolos de rango internacional. Y eso acabaría teniendo consecuencias decisivas.

Namibia: el lado oscuro del imperio

La colonia más importante para los colonos alemanes fue África Sudoccidental Alemana. También sería la más controvertida.

La guerra contra hereros y nama entre 1904 y 1908 constituye el episodio más sombrío de la historia colonial alemana. El conflicto surgió en un contexto de expansión colonial, tensiones por la tierra, el ganado y los recursos hídricos, y ataques contra asentamientos europeos.

Aquí la comparación histórica más útil no es necesariamente el cruel Congo de Leopoldo II. La dinámica recuerda más a las guerras de frontera norteamericanas:

Los herero atacando explotaciones alemanas evocan más a los apaches o sioux atacando asentamientos fronterizos que a las poblaciones sometidas al régimen extractivo del Congo.

La diferencia es que la campaña dirigida por Lothar von Trotha alcanzó una intensidad extraordinaria. Tras derrotar a los nama y herero en Waterberg[1], la expulsión al desierto, la persecución sistemática y la mortalidad posterior entre los supervivientes han llevado a la mayoría de los historiadores actuales a considerarla un genocidio.

Alemania había llegado tarde al reparto colonial y, sin embargo, produjo uno de los episodios más oscuros de toda la era imperial.

Guillermo II y el lugar bajo el sol

Con la llegada de Guillermo II las colonias cambiaron de significado.

Para Bismarck eran un apéndice. Para el Kaiser eran una declaración de ambición mundial.

La célebre expresión del «lugar bajo el sol» resumía una nueva mentalidad. Alemania ya no quería ser sólo la principal potencia continental de Europa. Aspiraba a actuar como potencia global.

De ahí surgieron nuevas adquisiciones y nuevos proyectos.

La joya asiática del imperio alemán fue Tsingtao, en la concesión china de Kiautschou, obtenida en 1897. Más de un siglo después de la llegada de los alemanes, la huella de aquella breve presencia sigue siendo visible. La ciudad conserva edificios de inconfundible estilo alemán y sigue produciendo una cerveza nacida durante la administración imperial, probablemente el legado más conocido y duradero de la aventura colonial alemana en Extremo Oriente.

Tsingtao no era una colonia clásica, sino una base naval. Un escaparate. Una demostración visible de presencia mundial.

La rebelión de los bóxers reforzó esa imagen. Durante la expedición internacional contra los boxers[2], Guillermo II pronunció su famoso discurso de los hunos. Instó a las tropas alemanas a comportarse de manera tan temible que el recuerdo de Alemania permaneciera durante generaciones.

Años después, durante la Primera Guerra Mundial, la propaganda británica aprovecharía aquella desafortunada referencia hasta la saciedad. El «huno» se convertiría en uno de los grandes símbolos propagandísticos del conflicto.

Comprar un imperio

La fase más peculiar del imperialismo alemán llegó en 1899.

Tras el desastre español de 1898, Madrid conservaba todavía ciertos archipiélagos del Pacífico:

  • Carolinas.
  • Marianas (excepto Guam).
  • Palaos.

España sabía que no podía defenderlos.

Alemania deseaba ampliar su presencia oceánica.

El resultado fue una de las operaciones más insólitas del imperialismo moderno: Berlín compró aquellos territorios. Alemania pagó 25 millones de pesetas por las Carolinas, Marianas y Palaos, aproximadamente una cuarta parte de lo que Estados Unidos había desembolsado por Filipinas apenas un año antes.

La escena tiene algo de tragicomedia histórica.

Alemania adquiría un imperio cuando el reparto colonial estaba prácticamente terminado.

Y adquiría, además, territorios dispersos cuya utilidad estratégica real era discutible.

El imperio alemán parecía cada vez más una colección de puestos avanzados repartidos por el mapa mundial.

¿Qué hacía una flota alemana en el Pacífico?

La respuesta es sencilla. Intentaba sostener ese imperio.

Tsingtao, las Carolinas, las Marianas, Samoa o las bases navales asiáticas obligaban a disponer de buques, estaciones carboneras y escuadras lejanas.

Y eso nos lleva directamente a una pregunta que obsesionaría a los británicos: ¿Por qué una potencia continental estaba construyendo una marina global?

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, esa cuestión dejó de ser teórica.

La escuadra del Pacífico de Maximilian von Spee derrotó a una fuerza británica frente a Coronel, en la costa chilena. Aquella victoria demostró que Alemania podía golpear a escala planetaria.

Durante un breve instante, los temores de la Royal Navy parecieron justificados.

Un mes después, las Malvinas restablecieron el equilibrio. La escuadra alemana fue destruida y quedó claro que Gran Bretaña seguía dominando los océanos. Mientras tanto, el célebre crucero Emden realizaba sus propias operaciones corsarias.

No eran episodios aislados. Eran los últimos destellos de un proyecto global que la guerra estaba destruyendo.

El último acto: África Oriental

La colonia que proporcionó el final más memorable al imperio alemán fue África Oriental.

Su comandante militar era Paul von Lettow-Vorbeck.

La leyenda suele reducirlo a un maestro de la guerra de guerrillas. La realidad es más compleja.

Al comienzo del conflicto luchó también en operaciones convencionales. La victoria de Tanga, en 1914, frente a una fuerza indo-británica muy superior, fue uno de los mayores éxitos militares alemanes de toda la guerra colonial.

Después vino la campaña móvil que le haría famoso. Durante años mantuvo ocupadas fuerzas británicas, sudafricanas, indias, belgas y portuguesas muy superiores en número.

Cuando finalmente depuso las armas, lo hizo porque la guerra había terminado en Europa, no porque hubiera sido derrotado en el campo de batalla.

Recibido como héroe en Berlín, representó para muchos alemanes el último triunfo del viejo Imperio.

Su trayectoria posterior es igualmente interesante. Nacionalista y conservador, nunca fue un demócrata. Pero tampoco se integró en el movimiento nazi como hicieron otros sectores de la derecha alemana. Su figura quedó asociada al viejo mundo imperial más que al nuevo régimen.

Para muchos lectores, el África Oriental Alemana resulta más familiar por el cine que por los libros de historia. En La reina de África (1951), Humphrey Bogart y Katharine Hepburn recorren aquel remoto escenario colonial durante la Primera Guerra Mundial. Los oficiales imperiales alemanes aparecen como antagonistas de la pareja protagonista, y la historia culmina con una boda improvisada celebrada segundos antes de una ejecución que nunca llega a producirse gracias al desenlace. A través de la ficción, millones de espectadores conocieron una colonia alemana que había desaparecido más de treinta años antes.

Los últimos soldados del Kaiser

El mejor epílogo lo proporcionan los askaris. Estos soldados africanos sirvieron junto a Lettow-Vorbeck durante toda la campaña de África Oriental. Su disciplina y lealtad se hicieron legendarias. Y la historia no terminó en 1918.

Décadas después, en la Alemania Occidental de la posguerra, todavía hubo iniciativas destinadas a reconocer económicamente a antiguos askaris supervivientes. La existencia misma de aquellos veteranos constituía una especie de puente viviente con un imperio desaparecido hacía medio siglo.

Según una anécdota repetida en numerosas narraciones sobre los últimos askaris, los funcionarios alemanes, incapaces de verificar la identidad de algunos reclamantes mediante documentos, recurrieron a una improvisada prueba militar. Armados con simples palos en lugar de fusiles, los viejos soldados ejecutaron sin vacilar las órdenes de instrucción en alemán aprendidas medio siglo antes, confirmando así su pasado en las tropas coloniales alemanas.

Conclusión

El imperio colonial alemán nació tarde y murió joven. Las colonias del Pacífico tuvieron un dominio japonés más largo (1914-1944) que alemán.

Bismarck nunca confió plenamente en él.

Guillermo II lo convirtió en símbolo de una Alemania que aspiraba a ser potencia global.

Produjo exploradores, bases navales, conferencias diplomáticas, compras de archipiélagos, aventuras oceánicas, guerras coloniales y tragedias humanas.

Y desapareció con una rapidez asombrosa en 1918.

Visto desde hoy, resulta difícil no advertir la ironía. Alemania construyó un imperio para demostrar que pertenecía al club de las grandes potencias mundiales. Pero precisamente ese imperio exigía una marina global, una red de bases y un dominio oceánico que sólo poseía Gran Bretaña. Cuando llegó la guerra, quedaron al descubierto los límites de aquella ambición.

Lo que sobrevivió no fueron las colonias. Fueron las historias. Tsingtao, el discurso de los hunos, las Carolinas compradas a España, Coronel, las Malvinas, el Emden, los askaris, Paul von Lettow-Vorbeck y, para millones de espectadores, La reina de África, forman hoy los últimos fragmentos de una aventura imperial tan breve como extraordinaria.


[1] En Waterberg, en agosto de 1904, el general Lothar von Trotha intentó cercar y destruir a la concentración herero, formada por guerreros, familias y ganado, unas 25.000 personas según las estimaciones más habituales. El cerco alemán no llegó a cerrarse completamente y gran parte de la población huyó hacia el este, internándose en el desierto del Omaheke en dirección al actual Botsuana. Las fuerzas alemanas impidieron posteriormente su regreso a la colonia y controlaron los principales pozos y puntos de agua, convirtiendo la retirada en una expulsión efectiva fuera del territorio.

[2] Aunque suele hablarse de «rebelión», los bóxers no fueron simplemente insurgentes enfrentados al gobierno Qing. El movimiento recibió el apoyo de importantes sectores de la corte imperial y acabó actuando, en la práctica, como una fuerza irregular alineada con parte del propio Estado chino frente a las potencias extranjeras, en una peculiar guerra de zona gris.

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