Reflexiones sobre historia europea contemporánea (IV)

Las alianzas y la paz imposible

Los caminos que no se tomaron

La historia sólo nos muestra el camino que terminó recorriéndose. Una vez conocido el desenlace, resulta fácil imaginar que era también el único posible. La crisis de julio de 1914 invita especialmente a caer en esa tentación. Sabemos que desembocó en una guerra mundial, que provocó la caída de imperios, transformó el mapa de Europa y abrió un ciclo de violencia cuyas consecuencias se prolongarían durante décadas.

Sin embargo, los contemporáneos no conocían ese final. Para ellos, el futuro seguía abierto. Durante las semanas que siguieron al atentado de Sarajevo existieron alternativas, decisiones distintas y oportunidades para contener la escalada. Ninguna garantizaba el éxito. Todas tenían costes políticos considerables. Pero estaban ahí.

La cuestión no es si la guerra podía haberse evitado con certeza. La cuestión es por qué tantas opciones fueron descartadas una tras otra hasta que la guerra terminó pareciendo la única salida posible.

La explicación tradicional sostiene que las alianzas hicieron inevitable la guerra. La realidad es algo más incómoda. Las alianzas no obligaban mecánicamente a los gobiernos europeos a actuar exactamente como lo hicieron en julio de 1914. Lo que hicieron fue elevar enormemente el precio político de actuar de otra manera.

La guerra no estalló porque los tratados funcionaran como una maquinaria automática e irresistible. Estalló porque, en cada capital europea, las alternativas parecían más peligrosas que seguir adelante. Ahí reside buena parte de esta tragedia.

Alemania y Austria-Hungría: una alianza con límites

El primer camino alternativo que pudo recorrerse era probablemente el más evidente. Alemania no necesitaba abandonar a Austria-Hungría. Ni siquiera necesitaba retirar el cheque en blanco. Bastaba con introducir una condición. El mensaje podía haber sido simple: Serbia era una cuestión austríaca; una guerra europea no tenía por qué serlo.

Berlín podía respaldar una acción limitada contra Serbia y negarse a apoyar una escalada continental. Nada en la lógica de las alianzas hacía imposible esa posición. De hecho, habría sido perfectamente compatible con los intereses fundamentales del Reich, que desde tiempos de Bismarck consistían precisamente en evitar una guerra simultánea contra Francia y Rusia.

El cheque en blanco cobrado demasiado tarde

Este contrafactual no exige cambiar la mentalidad de nadie. No exige que las alianzas desaparezcan. No exige que los gobiernos se comporten de forma más ilustrada o más pacífica.

Sólo exige que Austria-Hungría haga en la primera semana de julio lo que terminó haciendo en la cuarta.

La fuerza de este contrafactual reside precisamente en su modestia.

Cuando Alemania concede el cheque en blanco el 5 de julio, Rusia aún no ha tomado decisiones irreversibles. Francia todavía no ha reafirmado todos sus compromisos. Gran Bretaña conserva margen para mediar. La mayor parte de Europa contempla el atentado como una crisis balcánica más.

La propia Serbia se encuentra en una posición internacional delicada. Tres semanas después, nada de eso es cierto.

  • Rusia ha decidido que no aceptará una nueva humillación en los Balcanes.
  • Francia se ha alineado con su aliado.
  • Londres está intentando evitar un incendio general.
  • Los Estados Mayores trabajan ya con escenarios de movilización.

Las cancillerías europeas han tenido tiempo de transformar una crisis local en un asunto continental.

La paradoja resulta extraordinaria. Austria-Hungría recibió el apoyo alemán en el momento en que una guerra limitada todavía parecía imaginable y decidió utilizarlo cuando la posibilidad de una guerra europea era mucho mayor.

Tal vez la cuestión más interesante no sea por qué actuó Viena, sino por qué esperó tanto para hacerlo.

La demora austríaca no respondió únicamente a consideraciones diplomáticas. También existían razones militares, administrativas y económicas. Julio era tiempo de cosecha. Una parte importante de los hombres que debían incorporarse al ejército, reservistas e incluso soldados de reemplazo en servicio activo cuyas unidades debían participar en la movilización, seguían trabajando en el campo. Unos lo hacían por necesidad económica ineludible; otros aprovechaban permisos militares destinados precisamente a ayudar en las labores agrícolas. Lanzar una operación inmediata implicaba aceptar una movilización incompleta o asumir costes económicos considerables.

Viena optó por esperar. La paradoja es que aquella espera, concebida para facilitar una guerra contra Serbia, pudo contribuir decisivamente a transformar una crisis balcánica en una guerra europea.

La relación entre Alemania y Austria-Hungría, ¿alianza o subordinación?

Lo que hacía difícil esta opción no era la diplomacia, sino la política. Austria-Hungría era el único aliado verdaderamente fiable de Alemania. Limitarla significaba admitir públicamente que los intereses austríacos y los alemanes no coincidían necesariamente. Era una conclusión razonable, pero precisamente por eso resultaba incómoda.

Además, la relación entre ambos aliados estaba lejos de ser una simple subordinación de Viena a Berlín. Austria-Hungría era el socio menor de la coalición, pero mantenía una agenda propia, unas prioridades y una visión propias en los Balcanes. La monarquía de los Habsburgo seguía considerándose una gran potencia y actuaba como tal. El atentado de Sarajevo afectaba directamente a su prestigio, a su estabilidad interna y a su influencia regional. Desde Viena, la cuestión serbia no era un incidente periférico, sino un desafío estratégico de primer orden.

Tampoco era un Estado atrasado o marginal. Si Berlín representaba uno de los grandes centros científicos e industriales del continente, Viena seguía siendo una de sus capitales culturales e intelectuales. La Austria de 1914 era la de Freud, Mahler, Klimt o Wittgenstein. Tenía problemas nacionales enormes y una estructura política cada vez más difícil de gestionar, pero conservaba recursos materiales, culturales y humanos considerables.

Precisamente por eso podía resultar tan peligrosa. Alemania no estaba controlando una marioneta. Estaba respaldando a un aliado con intereses propios, convencido de que una demostración de fuerza en los Balcanes era necesaria para preservar su posición como gran potencia.

Años después aparecerían juicios mucho más duros sobre esta relación. Uno de los capítulos de Hew Strachan recupera la famosa imagen de una Alemania «esposada a un cadáver», una expresión que refleja la percepción retrospectiva de quienes consideraron que el Reich había terminado comprometiendo su futuro por la supervivencia de un aliado condenado a desaparecer. Con independencia de quién acuñara originalmente la fórmula, su fuerza radica en el contraste que plantea: en 1914 casi nadie en Berlín veía a Austria-Hungría como un cadáver. La veían como el último pilar indispensable de la posición internacional alemana. Y precisamente por eso resultaba tan difícil imponerle límites cuando más necesarios habrían sido.

Precisamente ahí aparecía la alternativa. Alemania podía haber reconocido que los intereses austríacos y los alemanes no eran idénticos. Podía haber mantenido la alianza y, al mismo tiempo, imponerle límites. No lo hizo. Y una vez descartada esa posibilidad, uno de los caminos que conducían fuera de la crisis quedó definitivamente cerrado.

Rusia y Serbia: el prestigio como prisión

San Petersburgo se encontraba ante un dilema parecido. Formalmente, Serbia no justificaba una guerra europea. Políticamente, la situación era mucho más complicada.

Durante años Rusia había acumulado frustraciones diplomáticas en los Balcanes. La gran potencia que en 1878 había intervenido con éxito contra el Imperio Otomano para convertirse en protectora de los pueblos eslavos veía ahora cómo su posición parecía erosionarse progresivamente. La crisis bosnia de 1908 había sido particularmente humillante. Las guerras balcánicas de 1912 y 1913 modificaron de nuevo el equilibrio regional, pero tampoco produjeron una consolidación clara de la influencia rusa.

Abandonar también a Serbia en 1914 amenazaba con convertir a Rusia, no sólo en una potencia incapaz de proteger a sus aliados, sino en una potencia incapaz de sostener las pretensiones que llevaba décadas proclamando.

Sin embargo, el problema iba mucho más allá de Serbia. Entre Viena y San Petersburgo existía una rivalidad estratégica de larga duración que afectaba a los propios fundamentos de ambos imperios. Austria-Hungría veía con preocupación el paneslavismo impulsado desde Rusia, capaz de influir sobre millones de súbditos eslavos de la Monarquía Dual.

Rusia, por su parte, observaba con creciente inquietud la evolución del nacionalismo ucraniano en la Galicia austrohúngara y su expansión hacia la vecina Ucrania integrada en el imperio zarista. Los dirigentes rusos tendían a considerar a los ucranianos como parte de una comunidad rusa más amplia[1]. Cualquier desarrollo de una identidad nacional diferenciada podía convertirse en un desafío para la cohesión del propio Imperio ruso.

La paradoja era notable. Cada una de las dos potencias acusaba a la otra de jugar con los nacionalismos mientras ambas temían sufrir dentro de sus fronteras exactamente las consecuencias de esas mismas fuerzas. Los Balcanes eran sólo una parte visible del problema. Debajo existía una competición mucho más profunda por la influencia política, la legitimidad ideológica y la estabilidad interna de dos imperios multiétnicos.

En cierto sentido, Austria-Hungría y Rusia llevaban años desarrollando una especie de guerra fría balcánica. No existía un conflicto abierto, pero sí una rivalidad permanente, una intensa actividad de espionaje, una profunda desconfianza mutua y una competición constante por la influencia regional. El caso del coronel Redl[2], uno de los mayores escándalos de espionaje de la Europa anterior a 1914, fue sólo una manifestación particularmente espectacular de esa realidad.

La cuestión dejó entonces de ser estrictamente estratégica para convertirse en algo más cercano a una cuestión de prestigio nacional. Serbia importaba. Pero el prestigio ruso importaba aún más. Y una vez planteado el problema de esa manera, la moderación empezó a parecer una forma de rendición.

Francia y Rusia: Alsacia-Lorena en el horizonte

Casi todos los debates sobre los orígenes de la guerra se concentran en Alemania. Muchos menos analizan las opciones francesas. Sin embargo, Francia también podía haber limitado una alianza sin romperla.

París podía haber comunicado a San Petersburgo que la alianza seguía plenamente vigente, pero que una crisis nacida en Belgrado no justificaba automáticamente una guerra europea. Como en otros casos, la dificultad no era jurídica ni diplomática. Era política.

La alianza franco-rusa constituía la piedra angular de toda la política exterior francesa desde hacía más de veinte años. Desde la derrota de 1871, Francia había vivido bajo la sombra de una Alemania más poderosa y más poblada. La alianza con Rusia no era simplemente un acuerdo internacional. Era el principal instrumento diseñado para corregir aquel desequilibrio estratégico.

Además, existía una cuestión que rara vez aparecía de manera explícita en las conversaciones diplomáticas de julio de 1914, pero que resulta imposible ignorar. Alsacia y Lorena seguían formando parte del Reich alemán. La recuperación de las provincias perdidas no era el único objetivo de la política exterior francesa, pero sí uno de los grandes horizontes nacionales de la Tercera República. No hacía falta mencionarlo constantemente. Formaba parte del paisaje político, militar y emocional del país desde 1871.

Una guerra entre Rusia y Alemania podía convertirse, casi de manera inevitable, en una oportunidad para revisar por la fuerza el resultado de la guerra franco-prusiana. Los dirigentes alemanes eran perfectamente conscientes de ello. De hecho, una parte importante de la planificación estratégica del Reich descansaba precisamente sobre la convicción de que Francia aprovecharía cualquier gran conflicto europeo para intentar recuperar las provincias perdidas. El propio Plan XVII reflejaba esa realidad. Su eje principal apuntaba hacia la frontera alemana y, particularmente, hacia Alsacia-Lorena.

Desde esta perspectiva, pedir a Francia que limitara su apoyo a Rusia significaba algo más que exigir prudencia diplomática. Significaba pedirle que renunciara a una oportunidad histórica que quizá no volviera a presentarse. Resulta difícil imaginar a muchos dirigentes franceses aceptando semejante renuncia.

Y, sin embargo, precisamente por eso este camino merece ser considerado. Igual que Berlín podía haber impuesto límites a Viena o San Petersburgo podía haber impuesto límites a Belgrado, París también podía haber impuesto límites a Moscú. La posibilidad existía. Lo que faltaba era la voluntad política necesaria para asumir el coste de utilizarla.

Vista desde esta perspectiva, la posición francesa presenta ciertas similitudes con el problema ya señalado en el caso alemán. La cuestión no es si París deseaba una guerra europea. Probablemente no. La cuestión es hasta qué punto los dirigentes franceses estaban dispuestos a aceptar el riesgo creciente de una guerra europea porque una derrota alemana podía ofrecer una oportunidad razonable de resolver la cuestión de Alsacia-Lorena y revisar el resultado de 1871.

Si se acepta la analogía jurídica utilizada anteriormente, también aquí podría hablarse de una forma de dolo eventual. No la búsqueda deliberada de una guerra continental, sino la aceptación consciente de un riesgo cada vez mayor porque los beneficios potenciales parecían suficientemente importantes. Para Alemania, esos beneficios podían consistir en preservar la alianza austríaca y mantener su posición como gran potencia. Para Francia, podían consistir en recuperar las provincias perdidas y corregir una derrota nacional que llevaba más de cuarenta años condicionando su política exterior.

Como ocurre con la mayoría de los contrafactuales de julio de 1914, la alternativa existía. Simplemente parecía demasiado peligrosa para quienes debían tomar la decisión.

Hay una cierta ironía en todo ello. Los dirigentes franceses probablemente no deseaban una guerra europea más de lo que la deseaban los alemanes. Sin embargo, una vez que la crisis comenzó a escalar, la perspectiva de una guerra contra una Alemania obligada a dividir sus esfuerzos entre Oriente y Occidente podía parecer mucho más favorable que en cualquier otro momento desde 1871. Desde ese punto de vista, la prudencia exigía dejar pasar una oportunidad histórica; la intervención permitía perseguir un objetivo nacional largamente acariciado. Como en otros lugares de Europa durante el verano de 1914, la tentación de aceptar el riesgo terminó imponiéndose a la prudencia.

Alemania y Rusia: Willy y Nicky

Existe una imagen muy extendida de la crisis de julio como una maquinaria implacable de movilizaciones, ultimátums y planes militares. La realidad fue algo más extraña. Mientras Europa avanzaba hacia la guerra, los emperadores de Alemania y Rusia seguían intercambiando telegramas personales casi hasta el último momento.

Guillermo II y Nicolás II no eran aliados. Tampoco eran amigos en sentido estricto. Pero eran primos hermanos, nietos ambos de la reina Victoria, y se trataban con una familiaridad que hoy resulta difícil imaginar entre jefes de Estado de grandes potencias rivales. En sus mensajes aparecen simplemente como «Willy» y «Nicky».

La correspondencia intercambiada durante los últimos días de julio transmite una sensación casi irreal. Mientras las cancillerías discuten movilizaciones generales y los Estados Mayores preparan planes de guerra, los dos monarcas intentan todavía encontrar alguna fórmula que permita detener la escalada. El tono es personal, en ocasiones casi angustiado. Ambos parecen comprender que Europa se acerca a una catástrofe.

El problema era que intentaban resolver en cuestión de días una crisis diplomática que llevaba décadas gestándose.

La relación entre Berlín y San Petersburgo había sido uno de los pilares de la política exterior de Bismarck. Evitar una alianza entre Rusia y Francia había constituido una auténtica obsesión para el Canciller de Hierro. Sin embargo, tras su caída, aquella arquitectura diplomática fue deteriorándose poco a poco. Cuando estalló la crisis de julio, Guillermo y Nicolás se encontraban intentando reparar mediante telegramas personales una relación estratégica que llevaba más de veinte años debilitándose.

Algunos de sus mensajes resultan especialmente reveladores. Nicolás insistía en que la movilización rusa no iba dirigida específicamente contra Alemania. Guillermo advertía una y otra vez de que las medidas militares estaban cerrando las posibilidades de negociación. Ambos parecían buscar desesperadamente una fórmula que permitiera ganar tiempo.

Y, sin embargo, cada nuevo telegrama llegaba a una Europa más movilizada que la anterior.

La tragedia de Willy y Nicky no consiste en que fueran incapaces de comprender el peligro. Probablemente lo comprendieron mejor que muchos de sus contemporáneos. La tragedia consiste en que empezaron a comprenderlo cuando las decisiones acumuladas por sus propios gobiernos comenzaban a escapar a su control.

Sus telegramas aparecen así como una de las últimas oportunidades perdidas de la Europa anterior a 1914. Dos emperadores, emparentados por sangre y formados en una misma cultura política, intentaban todavía salvar la paz mediante mensajes personales mientras el sistema de alianzas, los planes de movilización y la lógica de la crisis empujaban en dirección contraria.

Vistos desde la distancia, aquellos intercambios parecen los últimos mensajes de un mundo que estaba a punto de desaparecer.

Alemania y Gran Bretaña: Lichnowsky y el último malentendido

La crisis de julio también produjo una de las situaciones más desconcertantes de toda la historia diplomática europea. Durante unas horas pareció que todavía existía una vía para evitar la guerra general.

El centro de aquella tentativa se encontraba en Londres. Allí, el embajador alemán, Karl Max von Lichnowsky, llevaba semanas advirtiendo a Berlín de un peligro que muchos de sus superiores seguían sin comprender plenamente: Gran Bretaña no permanecería necesariamente al margen si Francia era atacada.

Lichnowsky conocía bien el ambiente político británico. A diferencia de otros dirigentes alemanes, no veía a Londres como un adversario inevitable. Creía que todavía existía margen para una solución diplomática y que la intervención británica podía evitarse mediante concesiones razonables.

Mientras tanto, Edward Grey seguía buscando fórmulas de mediación. La situación era extraordinariamente confusa. Los mensajes se cruzaban entre Londres, Berlín, París y San Petersburgo a una velocidad desconocida para generaciones anteriores. El telégrafo había convertido la política internacional en una conversación casi continua. Europa vivía conectada por una especie de WhatsApp victoriano cuyos participantes intercambiaban propuestas, aclaraciones, rectificaciones y malentendidos a escala continental.

Fue entonces cuando se produjo uno de los episodios más extraños de toda la crisis.

Durante unas horas, Berlín creyó haber recibido señales de que Gran Bretaña podría permanecer neutral bajo determinadas condiciones. La interpretación exacta de aquellos intercambios sigue siendo objeto de debate, pero el resultado fue espectacular. Entusiasmado ante la posibilidad de evitar una guerra con Londres, Guillermo II llegó a ordenar la suspensión de medidas que presuponían una aplicación inmediata del Plan Schlieffen.

Por un instante pareció que el propio káiser estaba dispuesto a frenar la maquinaria militar alemana.

La ilusión duró muy poco. Pronto quedó claro que Berlín había interpretado de forma excesivamente optimista unos mensajes británicos mucho más ambiguos de lo que deseaba creer. El supuesto entendimiento se evaporó casi tan rápido como había surgido. Y entonces apareció otra paradoja todavía mayor.

Durante años se había repetido que una vez iniciada la movilización nada podía detener el mecanismo militar. Sin embargo, cuando Guillermo intentó modificar el rumbo durante aquellas horas decisivas, descubrió hasta qué punto el margen de maniobra político se había reducido. Los jefes militares insistieron en las enormes dificultades que suponía alterar los planes previstos. El emperador, que teóricamente concentraba la autoridad suprema del Reich, descubrió que controlar una maquinaria militar preparada durante décadas era mucho más complicado que ponerla en marcha.

La importancia de este episodio no reside en determinar si la guerra podía haberse evitado exactamente en aquel momento. Lo importante es que demuestra hasta qué punto seguían existiendo dudas, vacilaciones y alternativas incluso en los últimos días de la crisis. Ni Berlín ni Londres se comportaban todavía como gobiernos que aceptaran inevitablemente una guerra mundial.

Lichnowsky seguiría intentando mantener abierta una salida diplomática cuando casi todos los demás caminos empezaban a cerrarse. Su fracaso refleja una de las tragedias centrales de julio de 1914: los diplomáticos seguían buscando soluciones precisamente cuando los Estados Mayores comenzaban a imponer sus propios calendarios.

Gran Bretaña y Francia

La posición británica era probablemente la más flexible de todas. A diferencia de los demás actores, Londres no estaba vinculada por una alianza militar tan rígida como las existentes entre Alemania y Austria-Hungría o entre Francia y Rusia. Precisamente por eso, una decisión británica distinta podía haber alterado significativamente los cálculos de los demás gobiernos.

Sin embargo, aquella aparente libertad de acción era en parte una ilusión. Durante la década anterior se había producido una transformación diplomática de enorme importancia. Desde el incidente de Fachoda en 1898, cuando Francia y Gran Bretaña habían estado peligrosamente cerca de un enfrentamiento colonial abierto, las relaciones entre ambos países habían experimentado una mejora espectacular. La Entente Cordiale de 1904 no era una alianza militar formal, pero sí el resultado de un proceso de acercamiento político, institucional y personal sin precedentes.

En este proceso desempeñó un papel importante Eduardo VII. Durante los largos años en los que permaneció apartado del poder efectivo como príncipe de Gales, había cultivado una extensa red de relaciones personales en Francia y en otros países europeos. Una vez convertido en rey, contribuyó a consolidar un clima de entendimiento franco-británico que habría parecido improbable apenas una generación antes. Resulta difícil encontrar un precedente semejante en la historia moderna de ambos países. Las relaciones franco-británicas arrastraban siglos de rivalidad estratégica. Desde la conquista normanda de Inglaterra, las coronas de ambos lados del Canal habían alternado períodos de cooperación con largos ciclos de conflicto. Los reyes ingleses habían sido durante siglos grandes señores territoriales en suelo francés y, en determinados momentos, incluso pretendientes al propio trono de Francia. La Guerra de los Cien Años, las guerras del siglo XVIII y el ciclo revolucionario y napoleónico formaban parte de una memoria histórica compartida en la que la amistad franco-británica no era precisamente la norma.

A principios del siglo XX, sin embargo, la situación era distinta. Las disputas coloniales más importantes habían sido encauzadas, las relaciones militares se habían intensificado y comenzaban a existir expectativas mutuas difíciles de ignorar. Aunque muchos de los acuerdos militares entre ambos países carecían de la publicidad y la formalidad de una alianza clásica, la cooperación había echado raíces. En la práctica, numerosos dirigentes franceses daban por supuesto que Gran Bretaña no permanecería indiferente ante una agresión alemana contra Francia.

Fue precisamente esa ambigüedad la que convirtió julio de 1914 en un momento tan delicado. Edward Grey intentó mediar, ganar tiempo y construir fórmulas diplomáticas que evitaran la escalada. Pero la cuestión fundamental seguía siendo la misma. Si Francia intervenía junto a Rusia y Alemania respondía contra Francia, ¿debía Gran Bretaña mantenerse al margen?

La respuesta afirmativa tenía ciertas ventajas evidentes. Una declaración inequívoca de neutralidad podía alterar los cálculos franceses y rusos. Quizá incluso podía facilitar alguna solución de compromiso. Sin embargo, también implicaba riesgos enormes. Londres podía preservar la paz a corto plazo a costa de destruir toda la arquitectura diplomática construida desde Fachoda. Francia habría interpretado la neutralidad británica como una traición. La confianza acumulada durante más de una década podía desaparecer en cuestión de días.

Como en otros lugares de Europa, la paz exigía asumir un coste político considerable. La continuidad de la política seguida hasta entonces exigía exactamente lo contrario. Cuando llegó el momento decisivo, los dirigentes británicos optaron por preservar las relaciones construidas con Francia, aunque ello aumentara significativamente la probabilidad de una guerra europea.

Visto desde la lógica de los contrafactuales, el camino alternativo existía. Gran Bretaña podía haber permanecido neutral. Lo verdaderamente difícil era asumir las consecuencias diplomáticas de esa decisión después de tantos años construyendo pacientemente una asociación que, sin llamarse oficialmente alianza, había terminado funcionando en muchos aspectos como tal. Como en Berlín, Viena, París o San Petersburgo, la opción que podía reducir el riesgo de guerra exigía sacrificar una política laboriosamente construida durante años. Y, una vez más, nadie pareció dispuesto a asumir ese coste.

Francia y Alemania: los que no hablaban entre sí

La mayoría de las alianzas de 1914 implicaban compromisos, obligaciones o expectativas de ayuda mutua. La relación franco-alemana era diferente. No estaba basada en una alianza. Estaba basada en una herida.

Desde la anexión de Alsacia y Lorena en 1871, Francia y Alemania habían convivido durante más de cuarenta años en una situación que, vista retrospectivamente, recuerda en algunos aspectos a una guerra fría. No había conflicto abierto, pero tampoco una verdadera reconciliación. Cada una de las dos potencias sabía que la cuestión seguía pendiente. Francia nunca aceptó plenamente la pérdida de las provincias y Alemania nunca dejó de sospechar que algún día intentaría recuperarlas.

Resulta significativo que la gran crisis de identidad de la Tercera República francesa antes de 1914 no girara en torno a una cuestión colonial o económica, sino precisamente a un asunto relacionado con el ejército y la derrota de 1871. El Caso Dreyfus[3] dividió a Francia durante más de una década. En apariencia era un proceso por espionaje. En el fondo afectaba a cuestiones mucho más profundas: el papel del ejército, la definición de la nación, la lealtad al Estado y el recuerdo de la derrota frente a Alemania. Incluso cuando Alsacia-Lorena no aparecía explícitamente en el debate, la sombra de 1871 seguía proyectándose sobre buena parte de la vida política francesa.

Para Francia, Alsacia y Lorena constituían un objetivo nacional permanente. No era necesario recordarlo continuamente en los documentos diplomáticos ni en los discursos parlamentarios. Formaba parte del paisaje político. El propio Plan XVII, el plan de guerra francés vigente en 1914, preveía precisamente una ofensiva en dirección a Alsacia-Lorena desde los primeros momentos del conflicto.

Sin embargo, la cuestión era menos sencilla de lo que suele sugerir la memoria nacional de ambos países. En 1914 habían pasado ya cuarenta y tres años desde la anexión. Dos generaciones habían nacido bajo soberanía alemana. La administración, la educación, el servicio militar y la vida económica habían transcurrido dentro del Reich.

Al mismo tiempo, episodios como el incidente de Zabern en 1913 demostraban que la integración estaba lejos de ser perfecta. Una parte de las autoridades militares alemanas seguía comportándose como si Alsacia-Lorena fuese un territorio cuya fidelidad permanecía bajo sospecha. La provincia estaba dentro del Reich, pero no siempre parecía plenamente incorporada a él.

Por eso existe un contrafactual particularmente sugestivo. No porque fuese probable, sino porque resulta difícil encontrar a alguien dispuesto siquiera a plantearlo en 1914.

¿Qué habría ocurrido si Francia y Alemania hubieran aceptado someter la cuestión de Alsacia-Lorena a algún tipo de consulta popular?

La pregunta resulta casi anacrónica. Ni París ni Berlín parecían dispuestos a correr semejante riesgo. Francia estaba convencida de sus derechos históricos. Alemania podía invocar cuarenta años de soberanía efectiva. Pero precisamente por eso una consulta libre introducía un elemento inquietante: nadie podía estar completamente seguro del resultado.

Quizá la población habría optado por regresar a Francia. Quizá habría preferido seguir formando parte del Reich. Quizá los resultados habrían sido distintos en Alsacia y en Lorena. Quizá habría surgido alguna fórmula de autonomía intermedia. O de soberanía conjunta.

Nadie lo sabía. Y ése era el problema.

La autodeterminación, que después de 1918 se convertiría en una palabra casi mágica de la política internacional, era todavía una idea extraña para los dirigentes europeos de 1914. Para franceses y alemanes resultaba mucho más fácil defender sus respectivos derechos históricos que aceptar el veredicto incierto de los propios habitantes de las provincias disputadas.

La paradoja es que ambos países parecían preferir convivir indefinidamente con una disputa territorial potencialmente explosiva antes que someterla a una prueba cuyo resultado no podían controlar. Como ocurrió con las alianzas, la incertidumbre política parecía más peligrosa que un problema que llevaba más de cuatro décadas sin resolverse.

Italia y la excepción que confirma la regla

Italia es el mejor contraejemplo de la inevitabilidad de las alianzas.

Vista desde 1914, la Triple Alianza era una construcción bastante extraña. Italia compartía alianza con el Estado contra el que conservaba las principales reivindicaciones territoriales pendientes. El Trentino y el Tirol meridional (Südtirol), Trieste, Istria y otros territorios habitados en distinta medida por italianos seguían bajo soberanía austrohúngara. El irredentismo italiano había convertido esas cuestiones en parte de la política nacional desde la unificación.

A primera vista, parece difícil entender qué hacía Italia en una coalición con Austria-Hungría. La respuesta hay que buscarla en Francia.

Durante las décadas posteriores a la unificación, las relaciones franco-italianas atravesaron momentos de gran tensión. La ocupación francesa de Túnez en 1881 provocó una enorme irritación en Roma. Muchos italianos consideraban que Túnez formaba parte de su área natural de expansión colonial y contemplaron la maniobra francesa como una humillación diplomática. Fue precisamente esa crisis la que empujó a Italia hacia Berlín y Viena.

En otras palabras, Italia aceptó una alianza incómoda porque percibía una amenaza mayor en otro lugar.

Podría formularse casi en términos humanos: Roma se tragó el orgullo. Los italianos desconfiaban profundamente de Austria-Hungría, pero temían más el aislamiento internacional y la presión francesa. Alemania ofrecía prestigio, apoyo diplomático y acceso a una gran coalición continental. Austria-Hungría era el precio que había que pagar.

Cuando llega la crisis, Italia examina el tratado y concluye que Austria-Hungría ha iniciado una guerra ofensiva. Por tanto, sostiene que la Triple Alianza no la obliga a intervenir. La alianza no desaparece de repente. Simplemente se interpreta de una manera distinta.

Durante años los dirigentes europeos habían actuado como si las alianzas fueran compromisos casi sagrados. Italia demuestra que no lo eran. Eran instrumentos políticos sometidos a interpretación, negociación y cálculo de intereses.

Naturalmente, Italia no actuó por pacifismo. Durante los meses siguientes convirtió su posición en una auténtica subasta diplomática:

  • ¿Qué está dispuesta a ofrecer Viena?
  • ¿Qué está dispuesta a ofrecer la Entente?

La respuesta austrohúngara resultó insuficiente. La respuesta de la Entente fue más generosa. En 1915 Italia entró en guerra.

Aquí reside la importancia del ejemplo. Italia demuestra simultáneamente dos cosas:

  • que una alianza podía romperse o reinterpretarse;
  • y que romper una alianza no eliminaba la política de poder.

La guerra no era inevitable. Lo que seguía siendo inevitable era que los Estados persiguieran sus intereses. Pero lo que para Italia fue posible resultó psicológicamente inaceptable para la mayoría de los demás gobiernos europeos.

El verdadero precio de la paz

Vista con perspectiva, la gran paradoja de julio de 1914 es que la paz probablemente exigía menos valor militar que valor político.

Las soluciones existían. Ninguna era perfecta. Ninguna garantizaba el éxito. Todas implicaban costes. Pero estaban ahí.

Alemania podía decepcionar a Austria-Hungría. Rusia podía decepcionar a Serbia. Francia podía decepcionar a Rusia. Gran Bretaña podía decepcionar a Francia.

Cada una de estas decisiones parecía peligrosa por separado. Lo que pocos percibieron fue que la suma de todas las decisiones contrarias estaba construyendo una trampa.

La guerra no estalló porque las alianzas obligaran mecánicamente a ello. Estalló porque ningún gobierno quiso ser el primero en admitir públicamente que una alianza tenía límites. Y cuando todos los aliados esperan una demostración de lealtad al mismo tiempo, la prudencia puede parecer debilidad y la moderación puede parecer traición.

Fue entonces cuando los caminos empezaron a cerrarse, uno tras otro.

Epilogo. Las luces se están apagando en toda Europa…

La tarde del 3 de agosto de 1914, mientras observaba cómo se encendían las farolas de Londres, el ministro británico de Asuntos Exteriores, Edward Grey, pronunció una de las frases más célebres de la historia europea:

«Las luces se están apagando en toda Europa; no volveremos a verlas encendidas en toda nuestra vida».

Probablemente se equivocó en un punto. Las luces volvieron a encenderse. Las ciudades fueron reconstruidas. Los comercios reabrieron. Los trenes volvieron a circular. La vida continuó.

Lo que nunca volvió a encenderse fue la Europa que había visto apagarse aquellas luces en el verano de 1914.

A menudo se presenta la Primera Guerra Mundial como una tragedia colectiva de la que nadie obtuvo beneficio alguno. La realidad fue más compleja y, precisamente por ello, más inquietante. Muchas de las potencias implicadas consiguieron al menos una parte de aquello por lo que creían estar luchando. Lo que no comprendieron fue el precio que terminarían pagando por ello.

Austria-Hungría pretendía disciplinar a Serbia, restaurar su prestigio y reafirmar su condición de gran potencia. Durante algunos momentos de la guerra pareció lograrlo. Serbia fue ocupada y derrotada militarmente. Sin embargo, cuando terminó el conflicto, la Monarquía Dual había desaparecido del mapa. Había ganado la disputa inmediata y perdido el Imperio. Dejó tras de sí una extraordinaria herencia cultural y una serie de problemas nacionales que ni los tratados de 1919 ni los Estados que la sucedieron consiguieron resolver.

Rusia quiso preservar su prestigio en los Balcanes y mantener su papel de protectora de los pueblos eslavos. En cambio perdió a los Romanov, sufrió una revolución, una guerra civil y una paz humillante en Brest-Litovsk. Incluso aquí la historia se resiste a las conclusiones simples. Lenin sacó a Rusia de la guerra para poder concentrarse en otra lucha que consideraba más importante. Los bolcheviques ganaron la guerra civil y construyeron un nuevo Estado que, en 1945, controlaba nuevamente gran parte del espacio imperial perdido entre 1917 y 1918.

Alemania ofrece quizá el ejemplo más paradójico de todos. Entró en guerra para preservar su posición internacional y apoyar a Austria-Hungría. Cuatro años después el Reich guillermino había desaparecido, pero el Estado alemán seguía existiendo. La nueva república continuó llamándose oficialmente Deutsches Reich. La burocracia sobrevivió. Buena parte de los jueces siguieron siendo los mismos. Incluso el ejército desapareció sólo parcialmente. La Reichswehr conservó una parte importante de la tradición militar prusiana, mientras los Freikorps actuaban en los márgenes de la legalidad como fuerzas paramilitares que la República pagaba, utilizaba cuando las necesitaba y temía cuando escapaban a su control.

La ironía resulta difícil de ignorar. El SPD terminó llegando al poder. La bandera negra, blanca y roja del Imperio dejó paso a la tricolor negra, roja y dorada heredada de la revolución liberal de 1848, la misma tradición política que Bismarck había contemplado con nula simpatía. Sin embargo, la nueva Alemania seguía habitada en gran medida por las mismas élites administrativas, judiciales y militares que habían servido al viejo régimen. La pregunta que sobrevolaba este artículo, qué ocurriría cuando los socialdemócratas terminaran gobernando Alemania, obtuvo finalmente una respuesta inesperada: gobernarían, sí, pero sobre los restos de un sistema que se había resistido durante décadas a compartir el poder con ellos y que nunca aceptó la legitimidad de la nueva República. Aquel conflicto acompañaría a Weimar durante toda su existencia y contribuiría decisivamente a su derrumbe en 1933.

Francia recuperó Alsacia y Lorena. Si se observa únicamente un mapa de Europa en 1919, parece haber alcanzado uno de los grandes objetivos nacionales perseguidos desde 1871. Pero los mapas no reflejan las ausencias. Una provincia podía recuperarse. Una generación perdida no.

La victoria resolvió la cuestión territorial que había dominado las relaciones franco-alemanas durante más de cuarenta años, pero no eliminó el miedo a una futura recuperación alemana.

Gran Bretaña parecía más poderosa que nunca. El Imperio británico alcanzó su máxima extensión territorial precisamente después de la guerra. Alemania había sido derrotada. La Royal Navy seguía dominando los mares. Sin embargo, bajo aquella apariencia de fortaleza comenzaban a percibirse cambios más profundos. Estados Unidos emergía como acreedor mundial. La primacía financiera británica empezaba a erosionarse. El equilibrio internacional sobre el que había descansado la era victoriana comenzaba a transformarse. Londres había vencido, pero el mundo que había conocido empezaba lentamente a desaparecer.

Italia obtuvo una parte importante de las reivindicaciones territoriales que habían alimentado su irredentismo durante décadas. Trieste y el Trentino dejaron de pertenecer a Austria-Hungría. Sin embargo, muchos italianos siguieron convencidos de haber sido engañados. La llamada «victoria mutilada» se convertiría en uno de los mitos políticos más eficaces y peligrosos de la posguerra.

Serbia sobrevivió. Más aún: participó en la creación de un nuevo Estado eslavo del sur que parecía realizar parte de las aspiraciones nacionales del siglo XIX. Pero el coste humano y material fue devastador. También aquí la victoria tenía algo de tragedia. La nueva Yugoslavia nunca logró resolver plenamente las tensiones nacionales que pretendía integrar. Destruida por la invasión del Eje en 1941, reconstruida después de 1945 bajo liderazgo comunista y finalmente desintegrada a partir de 1991, dejó tras de sí algunos de los mismos problemas que habían contribuido a la crisis de 1914. Un siglo después del atentado de Sarajevo, cuestiones relacionadas con la posición de los serbios de Bosnia seguían formando parte de una realidad política todavía inestable.

Quizá ésa sea la lección más incómoda de todas. La mayoría de las potencias obtuvieron algo de aquello que buscaban. Ninguna obtuvo exactamente el mundo que esperaba encontrar después de conseguirlo. Las luces volvieron a encenderse. Pero iluminaban un continente distinto.


[1] La preocupación rusa por el nacionalismo ucraniano no era una cuestión menor ni exclusivamente cultural. Para una parte importante de las élites zaristas, la idea misma de una nación ucraniana diferenciada cuestionaba la cohesión histórica del Imperio ruso. La Galicia austrohúngara se había convertido en uno de los principales centros de desarrollo de la lengua, la prensa y los movimientos políticos ucranianos, lo que despertaba una inquietud creciente en San Petersburgo. Resulta llamativo comprobar hasta qué punto algunos de estos argumentos sobrevivieron al siglo XX. En 2022, Vladimir Putin justificó la invasión de Ucrania defendiendo que rusos y ucranianos formaban esencialmente un mismo pueblo y cuestionando la legitimidad histórica de una identidad nacional ucraniana plenamente independiente. Las circunstancias políticas, sociales e ideológicas eran radicalmente distintas, pero el debate sobre si Ucrania constituye una nación separada o una rama de una comunidad rusa más amplia mostraba una continuidad sorprendente.

[2] El coronel Alfred Redl (1864-1913), oficial del Estado Mayor austrohúngaro y responsable de importantes tareas de contraespionaje, fue descubierto en 1913 como agente al servicio de Rusia. Había transmitido durante años información de enorme valor militar, incluidos planes de movilización y otros documentos estratégicos. El escándalo provocó una conmoción considerable en Viena y constituye una buena ilustración del clima de rivalidad y desconfianza que caracterizaba las relaciones austro-rusas antes de 1914. Los cinéfilos quizá recuerden al personaje por la interpretación de Klaus Maria Brandauer en la película Oberst Redl (1985), inspirada libremente en el caso.

[3] El Canon de 75 mm modèle 1897 fue famoso por su sistema de retroceso hidroneumático, que permitía que la pieza absorbiera la energía del disparo sin desplazar significativamente el afuste. El resultado era una cadencia de tiro extraordinaria para la época. Una auténtica revolución técnica.

Pero el Caso Dreyfus estalla en 1894, cuando el arma todavía estaba en fase de introducción y perfeccionamiento. El famoso bordereau mencionaba varios documentos militares, algunos relacionados con artillería, pero no existe una identificación clara entre el caso y el supuesto robo del secreto del «soixante-quinze«.

La artillería alemana acabó llegando a soluciones técnicamente muy parecidas sin necesidad de copiar servilmente el diseño francés. El 7,7 cm FK 96 n.A., evolución del FK 96, incorporó también sistemas modernos de absorción del retroceso. No era una copia del 75 francés, ni tampoco una pieza idéntica, pero demuestra que los ingenieros de ambos países estaban enfrentándose al mismo problema y convergían hacia soluciones similares.

En otras palabras: muchas veces el espionaje militar acelera procesos; pocas veces crea de la nada conocimientos que los ingenieros del otro país son incapaces de desarrollar por sí mismos.

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