Reflexiones sobre historia europea contemporánea (IV)

Las alianzas y la paz imposible

Los caminos que no se tomaron

La historia sólo nos muestra el camino que terminó recorriéndose. Una vez conocido el desenlace, resulta fácil imaginar que era también el único posible. La crisis de julio de 1914 invita especialmente a caer en esa tentación. Sabemos que desembocó en una guerra mundial, que provocó la caída de imperios, transformó el mapa de Europa y abrió un ciclo de violencia cuyas consecuencias se prolongarían durante décadas.

Sin embargo, los contemporáneos no conocían ese final. Para ellos, el futuro seguía abierto. Durante las semanas que siguieron al atentado de Sarajevo existieron alternativas, decisiones distintas y oportunidades para contener la escalada. Ninguna garantizaba el éxito. Todas tenían costes políticos considerables. Pero estaban ahí.

La cuestión no es si la guerra podía haberse evitado con certeza. La cuestión es por qué tantas opciones fueron descartadas una tras otra hasta que la guerra terminó pareciendo la única salida posible.

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La guerra en el ciberespacio: armas nuevas, problemas jurídicos antiguos

El Manual de Tallin, el CICR y la doctrina militar: quién puede ser atacado, durante cuánto tiempo y quién decide dónde está el límite.

Una guerra nueva, una pregunta antigua

Imaginemos a una persona civil que dispara con un AK-47 contra una patrulla y después abandona el arma y se mezcla con la población. O a quien coloca un artefacto explosivo improvisado —un IED, en la terminología militar— y se marcha antes de que estalle. O a quien proporciona información para facilitar un ataque y vuelve después a su vida cotidiana hasta la siguiente operación. ¿Cuándo deja de ser un objetivo legítimo de ataque? ¿En el instante en que termina de disparar? ¿Cuándo se aleja del lugar? ¿Cuándo puede considerarse que ha abandonado definitivamente las hostilidades? ¿Y qué ocurre cuando la información disponible permite sospechar que volverá a participar?

No son preguntas nuevas. Tampoco tienen respuestas tan sencillas como podría sugerir una lectura apresurada del derecho internacional humanitario (DIH). El nombre parece remitir a la protección de las víctimas, la asistencia a los heridos o el trato a los prisioneros; pero también regula algo bastante menos amable: quién puede ser atacado, en qué circunstancias y durante cuánto tiempo. Por eso se conoce también como Law of Armed Conflict (LOAC), una denominación que, sin eufemismos, recuerda que el derecho no solo trata de proteger a quienes sufren la guerra, sino también de establecer los límites dentro de los cuales se puede hacer la guerra.

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