Reflexiones sobre historia europea contemporánea (III)

El camino ¿inexorable? hacia la guerra

La democracia que llegaba demasiado deprisa

En los dos artículos anteriores hemos visto aspectos aparentemente contradictorios del Imperio alemán.

Por un lado, la Alemania de 1914 era una de las economías más dinámicas, innovadoras y científicamente avanzadas del planeta. Empresas como Krupp, Siemens, AEG, Bayer o BASF competían en la primera división mundial. Sus universidades atraían estudiantes extranjeros y sus laboratorios producían una cantidad extraordinaria de avances científicos.

Por otro, el Reich conservaba una estructura política y militar que debía mucho más a la Prusia del siglo XIX que a las democracias parlamentarias que empezaban a imponerse en Europa occidental. El ejército disfrutaba de una autonomía notable y la autoridad última sobre las cuestiones militares permanecía fuera del alcance efectivo de la mayoría parlamentaria. Ambas afirmaciones eran ciertas al mismo tiempo.

El extraño experimento alemán

La Alemania de Guillermo II no era una dictadura. Tampoco era una democracia parlamentaria comparable a la británica. Era algo intermedio, una construcción política peculiar, difícil de clasificar y probablemente condenada a enfrentarse tarde o temprano a sus propias contradicciones.

Durante décadas aquel equilibrio había funcionado razonablemente bien. La economía crecía. La industria prosperaba. Los salarios mejoraban. El prestigio internacional del Reich aumentaba. Mientras los resultados acompañaban, las anomalías constitucionales parecían soportables.

Sin embargo, el crecimiento económico estaba produciendo consecuencias políticas inevitables.

Las nuevas fábricas no sólo producían acero, productos químicos o maquinaria. También producían votantes.

El sufragio universal y la democracia limitada

Existe una idea muy extendida según la cual Alemania era políticamente atrasada mientras otros países europeos avanzaban hacia la democracia. La realidad fue bastante más compleja.

Desde la creación del Imperio en 1871, el Reichstag era elegido mediante sufragio universal masculino para mayores de veinticinco años. En este aspecto, el Reich resultaba más avanzado que varios de sus vecinos europeos.

La paradoja era que los ciudadanos elegían diputados, pero los diputados no elegían al gobierno.

El canciller era nombrado por el emperador y respondía ante él, no ante el Reichstag. Una mayoría parlamentaria podía dificultar la acción gubernamental o bloquear determinadas iniciativas, pero no derribar al canciller mediante los mecanismos habituales en una monarquía parlamentaria.

El episodio de Zabern en 1913 había mostrado crudamente aquella realidad. Una abrumadora mayoría parlamentaria censuró al canciller Bethmann Hollweg. En un sistema parlamentario clásico aquello habría provocado una crisis de gobierno. En el Reich no ocurrió prácticamente nada. El canciller continuó en su puesto porque seguía contando con la confianza del emperador.

Bismarck y quienes diseñaron el sistema podían aceptar el sufragio universal precisamente porque no lo consideraban equivalente al gobierno parlamentario.

El voto era admisible. La transferencia efectiva del poder era otra cuestión.

Los socialistas que no desaparecían

La industrialización produjo fábricas, ferrocarriles, acero, productos químicos. Pero también produjo votantes. El movimiento obrero alemán creció al mismo ritmo que la economía.

El Sozialdemokratische Partei Deutschlands, el Partido Socialdemócrata  fue perseguido mediante las Leyes Antisocialistas impulsadas por Bismarck entre 1878 y 1890. Sin embargo, lejos de desaparecer, siguió aumentando su apoyo electoral.

La evolución de los resultados era inquietante para las clases dirigentes:

  • alrededor del 3 % de los votos en 1871;
  • cerca del 10 % en la década de 1880;
  • aproximadamente el 20 % en 1890;
  • más del 30 % a comienzos del siglo XX;
  • 34,8% del voto y primer partido del Reich en las elecciones de 1912.

Los cálculos de las élites imperiales no resultaron especialmente acertados. No porque el SPD estuviera preparando una revolución inmediata. De hecho, una parte importante de la dirección socialdemócrata era reformista y parlamentaria.

No se trataba de una insurrección. Era algo más difícil de combatir: una tendencia.

Cada elección parecía anunciar una Alemania más urbana, más industrial y más socialdemócrata que la anterior.

Si la tendencia continuaba, ¿qué aspecto tendría Alemania dentro de diez o quince años?

El verdadero temor de las élites

La pregunta era inquietante para muchos de los hombres que habían construido y gobernado el Reich.

Los Junkers prusianos, los altos funcionarios, buena parte de la burocracia imperial, numerosos oficiales y sectores conservadores observaban cómo el país evolucionaba hacia una sociedad de masas cada vez más difícil de controlar mediante los mecanismos tradicionales.

En cierto modo eran víctimas de su propio éxito.

Las mismas reformas educativas, industriales y administrativas que habían contribuido a convertir Alemania en una gran potencia estaban creando una sociedad que exigía una participación política mucho mayor.

Las élites imperiales no parecían especialmente preocupadas por el sufragio universal mientras éste no alterara la distribución efectiva del poder. Lo que resultaba inquietante era otra cosa.

¿Qué ocurriría si el partido más votado del país empezaba a reclamar no sólo representación, sino gobierno?

Un SPD integrado en el poder difícilmente habría impulsado una revolución, pero probablemente habría defendido reformas legales e institucionales:

  • una fiscalidad más progresiva;
  • una ampliación de la legislación social;
  • una reforma electoral en Prusia;
  • un fortalecimiento del papel del Reichstag;
  • una evolución gradual hacia un sistema más parlamentario.

Ninguna de estas medidas parecía revolucionaria. Precisamente por eso resultaban tan peligrosas para quienes dominaban el sistema.

Una revolución podía ser reprimida. Una mayoría parlamentaria era mucho más difícil de ignorar

Dos Alemanias políticas

La contraposición entre las elecciones al parlamento imperial, el Reichstag, con sufragio universal masculino, y la cámara legislativa de Prusia es extraordinariamente reveladora.

En Prusia, el Estado dominante del Imperio, seguía funcionando el sistema de las tres clases. No dividía a los electores según su número, sino según los impuestos que pagaban. Los contribuyentes se repartían en tres grupos, cada uno de los cuales aportaba un tercio de la recaudación total.

La primera clase podía estar formada por unos pocos centenares de grandes contribuyentes. La tercera, por decenas de miles de ciudadanos.

Sin embargo, las tres clases elegían el mismo número de compromisarios.

El resultado era que el voto de un gran propietario podía valer decenas de veces más que el de un trabajador. Formalmente todos votaban. Materialmente no todos influían igual.

La comparación con los comicios centuriados de la República romana surge casi de forma espontánea. También allí la riqueza determinaba el peso político efectivo de los ciudadanos. También allí participaba formalmente el conjunto del cuerpo cívico. Y también allí el sistema estaba diseñado para garantizar una influencia desproporcionada de los sectores acomodados incluso cuando constituían una minoría numérica.

La analogía no es perfecta. Pero la lógica subyacente resulta sorprendentemente parecida: permitir la participación política sin aceptar plenamente el principio de igualdad política.

Alemania contra Rusia

Para muchos socialdemócratas alemanes, su principal enemigo ideológico en Europa no era el gobierno de Berlín, sino el de San Petersburgo.

El Imperio ruso representaba exactamente aquello contra lo que llevaban décadas luchando:

  • autocracia;
  • censura;
  • represión política;
  • ausencia de libertades parlamentarias;
  • persecución de opositores.

La Alemania imperial podía parecer insuficientemente democrática, pero la Rusia de Nicolás II estaba todavía más lejos

Esta circunstancia tendría consecuencias decisivas en agosto de 1914.

Y ayuda a comprender por qué buena parte del SPD aceptó votar los créditos de guerra cuando estalló el conflicto. No estaban defendiendo únicamente al Reich. También creían estar enfrentándose al régimen más reaccionario del continente.

¿Una evolución inevitable?

La gran cuestión que divide hoy a los historiadores es si el sistema político alemán estaba evolucionando gradualmente hacia una democracia parlamentaria o si, por el contrario, sus élites estaban decididas a impedirlo.

Sebastian Haffner tendía a ver en el Reich una oportunidad histórica frustrada: una sociedad moderna que probablemente habría terminado encontrando una fórmula de parlamentarización parecida a la británica.

Hans-Ulrich Wehler y Fritz Fischer fueron mucho más escépticos.

Para ellos, una parte considerable de las élites imperiales contemplaba el crecimiento del SPD y las demandas de democratización como una amenaza directa para su posición de poder.

La discusión sigue abierta. Pero todos coinciden en algo.

Cuando Europa entró en la crisis del verano de 1914, Alemania no era simplemente una gran potencia enfrentada a desafíos internacionales.

Era también una sociedad inmersa en una lucha silenciosa por definir quién debía gobernarla en el futuro.

Y esa cuestión, más que cualquier disputa colonial en Marruecos o cualquier incidente en los Balcanes, es la que permite entender por qué los acontecimientos de julio de 1914 fueron recibidos en Berlín de una manera tan particular.

La pendiente deslizante hacia la guerra

Versalles, Weimar y la pregunta que no desapareció

La cuestión de la responsabilidad en el estallido de la Primera Guerra Mundial no es una extravagancia académica ni una obsesión retrospectiva de los historiadores. Tiene una explicación muy concreta.

El artículo 231 del Tratado de Versalles, conocido en Alemania como la Kriegsschuldklausel (cláusula de culpabilidad de guerra), se convirtió en uno de los aspectos más controvertidos del tratado. No era una mera condena moral de la conducta alemana. Constituía el fundamento jurídico y político de las reparaciones impuestas al Reich derrotado.

Por esa razón, discutir quién provocó la guerra significaba también discutir si las cargas soportadas por la República de Weimar eran legítimas o no.

La controversia no era sólo histórica. Era política, económica y moral.

Durante el período de entreguerras, una parte muy importante de la producción historiográfica alemana estuvo orientada precisamente a desmontar la interpretación de Versalles. No se trataba simplemente de escribir historia. Se trataba de defender la legitimidad del Estado alemán derrotado.

Y cuando la Segunda Guerra Mundial terminó, el debate adquirió una nueva dimensión. La responsabilidad alemana en 1939 parecía mucho más evidente que la de 1914. Precisamente por eso la discusión sobre los orígenes de la Primera Guerra Mundial se convirtió en una de las grandes batallas intelectuales de la posguerra.

Haffner: la crisis interior del Reich

Uno de los primeros autores que intentó abordar el problema desde una perspectiva amplia fue Sebastian Haffner.

El periodista e historiador alemán Sebastian Haffner, exiliado en el Reino Unido desde 1938, y autor de obras como Germany: Jekyll and Hyde (1940), Preußen ohne Legende (1978) o Die deutsche Revolution 1918/19 (1979), interpretó la historia alemana como la evolución de una sociedad moderna atrapada en estructuras políticas incapaces de adaptarse a esa modernización.

Haffner no era un historiador académico. Tampoco pretendía ser neutral. Escribía desde el exilio, en plena Segunda Guerra Mundial y desde una oposición absoluta al régimen nazi. No intentaba encontrar excusas para Alemania. Intentaba comprender cómo una de las sociedades más avanzadas de Europa había terminado recorriendo aquel camino.

La Alemania de 1914 era una potencia extraordinariamente exitosa. Había construido una industria formidable, universidades prestigiosas y una sociedad moderna. Pero al mismo tiempo convivía con estructuras políticas que seguían reservando el poder último a una combinación de monarquía, aristocracia terrateniente, burocracia y jerarquía militar.

El crecimiento del SPD, la expansión del sufragio efectivo y la presión hacia una evolución parlamentaria amenazaban con alterar ese equilibrio.

La interpretación de Haffner no convierte la política interior en la única explicación de la guerra. Sin embargo, sí sugiere que una crisis internacional grave ofrecía una ventaja política inmediata: congelar temporalmente conflictos internos que llevaban años acumulándose. Desde esta perspectiva, la guerra no resolvía las contradicciones del Reich; simplemente las aplazaba, cohesionando a la sociedad en un objetivo común.

El milagro del 4 de agosto

Cuando Guillermo II compareció ante el Reichstag el 4 de agosto de 1914 y proclamó:

«Ya no conozco partidos; sólo conozco alemanes», no estaba simplemente pronunciando una frase brillante. Estaba describiendo una realidad política que acababa de aparecer.

Durante décadas, la política alemana había estado dominada por conflictos entre conservadores y socialdemócratas, protestantes y católicos, aristócratas y obreros, partidarios y adversarios de la democratización.

De repente, aquellas divisiones parecían desaparecer. El fenómeno recibió el nombre de Burgfrieden, la paz civil.

Algo muy parecido ocurría simultáneamente en Francia bajo la denominación de Union sacrée.

En ambos países, el conflicto político interno quedaba suspendido temporalmente.

En Francia se sumaban al esfuerzo bélico:

  • republicanos;
  • radicales;
  • socialistas;
  • conservadores católicos;
  • nacionalistas;
  • e incluso amplios sectores monárquicos.

En Alemania ocurría algo similar con conservadores, liberales, católicos del Zentrum y socialdemócratas.  La nación parecía imponerse a la política.

Los créditos de guerra

La prueba más espectacular de aquella transformación fue la votación de los créditos de guerra.

El SPD, el partido más votado de Alemania en las elecciones de 1912, decidió respaldar la financiación del esfuerzo bélico.

La serie de la BBC 37 Days (2014) dramatiza este dilema imaginando a un canciller satisfecho tras una reunión con los dirigentes socialdemócratas: «Esta gente odia al zar más que a nosotros». La frase probablemente nunca se pronunció, pero resume bastante bien una realidad política de agosto de 1914.

La decisión provocó conmoción dentro y fuera de Alemania. Durante décadas la Segunda Internacional había proclamado la solidaridad de los trabajadores por encima de las fronteras nacionales. Cuando llegó la prueba decisiva, esa solidaridad se derrumbó, y los partidos obreros europeos acabaron apoyando mayoritariamente a sus respectivos Estados.

Pero para los dirigentes alemanes el resultado inmediato parecía extraordinariamente prometedor.

La guerra había conseguido algo que la política interior llevaba décadas sin lograr:

  • integrar temporalmente a la oposición;
  • congelar los conflictos sociales;
  • reforzar la cohesión nacional;
  • y convertir una sociedad dividida en una nación aparentemente unida.

Fischer: la pregunta incómoda

El gran terremoto historiográfico llegó en 1961, cuando Fritz Fischer publicó Griff nach der Weltmacht («La conquista del poder mundial»), una obra que reabrió de forma espectacular el debate sobre las responsabilidades alemanas en el estallido de la Primera Guerra Mundial.

La reacción fue tan intensa porque Fischer, que no afirmaba que Alemania hubiera planeado conscientemente una guerra mundial desde años antes, parecía devolver parcialmente la razón a quienes habían redactado el Tratado de Versalles. Durante décadas había predominado la idea de una responsabilidad ampliamente compartida. Fischer sostenía que Alemania había desempeñado un papel cualitativamente distinto en la crisis.

Y la política exterior no podía entenderse completamente al margen de los problemas internos del Reich.

En Fischer reaparecen cuestiones que ya estaban presentes en Haffner:

  • el crecimiento del SPD;
  • la resistencia a la democratización;
  • el temor de determinadas élites;
  • la búsqueda de cohesión nacional.

Pero ahora el foco ya no está en la estructura política del Reich. Está en las decisiones concretas tomadas durante las semanas que precedieron a la guerra.

La ruptura con Rusia

La interpretación de Fischer plantea otra cuestión incómoda. Si Alemania temía tanto una guerra en dos frentes, ¿por qué contribuyó durante décadas a destruir precisamente el sistema diplomático diseñado para evitarla?

Una de las grandes obsesiones de Otto von Bismarck había consistido en impedir una alianza entre Francia y Rusia. Desde su punto de vista, el peor escenario imaginable para el Reich era verse obligado a combatir simultáneamente en Occidente y en Oriente. Todo el complejo sistema de alianzas construido por el Canciller de Hierro perseguía, en última instancia, evitar ese desenlace.

La pieza fundamental de esa arquitectura era el Tratado de Reaseguro con Rusia. No convertía a ambos imperios en aliados, pero permitía mantener unas relaciones suficientemente correctas como para impedir un acercamiento duradero entre San Petersburgo y París.

Sin embargo, tras la caída de Bismarck en 1890, Alemania decidió no renovar aquel acuerdo. La decisión no provocó una ruptura inmediata, pero inició un proceso que terminaría transformando por completo el equilibrio europeo.

Francia, aislada desde la guerra de 1870, encontró por fin el aliado que llevaba años buscando. Rusia, por su parte, descubrió que podía obtener en París apoyo financiero y diplomático. Poco a poco fue tomando forma la alianza franco-rusa que Bismarck había intentado impedir por todos los medios.

Lo llamativo del proceso es que Rusia no era todavía un enemigo irreconciliable de Alemania. Existían rivalidades e intereses contrapuestos, especialmente en los Balcanes, pero la hostilidad abierta no era inevitable. Los primos hermanos «Nicky» y «Willy», como se llamaban entre ellos en su correspondencia telegráfica, pertenecían en muchos aspectos al mismo mundo político y mental. Ambos concebían la monarquía como una institución llamada a desempeñar un papel central en el gobierno de sus Estados y contemplaban con recelo el avance de las fuerzas democráticas y socialistas. La rivalidad entre Rusia y Alemania no nacía de una incompatibilidad ideológica, sino de una creciente divergencia de intereses estratégicos. Fue el abandono de la política bismarckiana y el fracaso de quienes intentaron sustituirla lo que permitió que aquellas diferencias se transformaran gradualmente en un alineamiento cada vez más sólido entre París y San Petersburgo.

A comienzos del siglo XX, las consecuencias empezaban a hacerse visibles. Alemania observaba con creciente preocupación la posibilidad de verse rodeada por una coalición hostil. Sin embargo, una parte importante de esa situación era consecuencia de decisiones tomadas por la propia diplomacia alemana durante las dos décadas anteriores.

Aquí aparece otra paradoja del Reich guillermino. La sensación de cerco que dominó buena parte del pensamiento estratégico alemán antes de 1914 no era completamente imaginaria. Pero tampoco era inevitable. Había sido construida, al menos en parte, por la progresiva erosión de la política exterior diseñada por Bismarck.

Cuando estalló la crisis de julio, Alemania ya no podía contar con la neutralidad rusa que había constituido uno de los pilares de la diplomacia del siglo XIX. San Petersburgo tenía sus propios compromisos, sus propias ambiciones y sus propios cálculos estratégicos. La crisis balcánica iba a desarrollarse en un escenario muy distinto del que había imaginado el fundador del Reich.

Clark y los sonámbulos

La gran reacción contemporánea frente a Fischer llegó con Christopher Clark y su obra The Sleepwalkers (2012), publicada en español como Sonámbulos.

Clark rechaza que la crisis pueda explicarse fundamentalmente desde Berlín. No absuelve a Alemania. Pero tampoco acepta que la explicación fundamental deba buscarse exclusivamente allí.

Para Clark, todos los actores principales participaron activamente en la construcción del desastre:

  • Viena;
  • Berlín;
  • San Petersburgo;
  • París;
  • Londres;
  • Belgrado.

Su metáfora de los sonámbulos se refiere precisamente a eso. Gobiernos que avanzan hacia una catástrofe cuyas dimensiones finales nadie termina de comprender plenamente.

Entre ambos autores hay una diferencia crucial. Mientras Fischer observa principalmente las decisiones tomadas en Berlín, Clark distribuye la atención entre todas las capitales europeas. Mientras Haffner mira hacia las tensiones internas del Reich, Clark analiza el funcionamiento del sistema internacional en su conjunto.

Esta diferencia de enfoque tiene consecuencias importantes. Allí donde Fischer sitúa el foco principal sobre Alemania y Austria-Hungría, Clark concede mucha más relevancia a las decisiones adoptadas en Viena, Belgrado y, especialmente, en San Petersburgo, al que presenta como uno de los principales corresponsables de la escalada que convirtió una crisis balcánica en una guerra europea. En su interpretación, la crisis de julio no fue el resultado de una única voluntad política, sino de una cadena de decisiones tomadas simultáneamente por varios gobiernos que fueron aumentando progresivamente el riesgo de un conflicto general.

El cheque en blanco y el dolo eventual

Mi impresión personal se aproxima más a Haffner y Fischer que a Clark, aunque sin llegar necesariamente a las conclusiones más contundentes de este último.

La cuestión fundamental no es si Guillermo II deseaba una guerra mundial. Probablemente no.

Tampoco parece razonable sostener que Bethmann Hollweg soñara con cuatro años de guerra continental.

La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿Cuándo se volvió evidente que la política seguida por Alemania podía desembocar en una guerra europea general?

El “cheque en blanco” entregado a Austria-Hungría el 5 de julio aún podía interpretarse como apoyo a una acción limitada contra Serbia.

El problema aparece después. Mucho después.

  • Cuando Austria decide retrasar su actuación.
  • Cuando Rusia empieza a reaccionar.
  • Cuando Francia reafirma sus compromisos.
  • Cuando Gran Bretaña intenta mediar.
  • Cuando la movilización militar comienza a dejar de ser una hipótesis teórica.

Y, pese a todo ello, Berlín mantiene su respaldo.

Aquí es donde me parece especialmente útil una analogía jurídica. El concepto de dolo eventual no describe a quien persigue deliberadamente un resultado determinado. Describe a quien comprende que una determinada conducta puede producir ese resultado y sigue adelante aceptando conscientemente el riesgo.

Vista así, la cuestión deja de ser quién deseaba una guerra mundial. La verdadera cuestión es cuándo los dirigentes europeos comprendieron que sus decisiones podían provocar una guerra mundial y qué hicieron después. Mi impresión es que, una vez alcanzado ese punto, Alemania siguió respaldando a Austria-Hungría cuando ya era razonablemente visible el riesgo de una guerra europea general. No es una tesis de premeditación. Tampoco de inocencia.

Ésa es, probablemente, la diferencia fundamental entre la interpretación de Fischer y la de Clark. Y también la pregunta que sigue generando debate más de un siglo después.

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