El camino ¿inexorable? hacia la guerra
La democracia que llegaba demasiado deprisa
En los dos artículos anteriores hemos visto aspectos aparentemente contradictorios del Imperio alemán.
Por un lado, la Alemania de 1914 era una de las economías más dinámicas, innovadoras y científicamente avanzadas del planeta. Empresas como Krupp, Siemens, AEG, Bayer o BASF competían en la primera división mundial. Sus universidades atraían estudiantes extranjeros y sus laboratorios producían una cantidad extraordinaria de avances científicos.
Por otro, el Reich conservaba una estructura política y militar que debía mucho más a la Prusia del siglo XIX que a las democracias parlamentarias que empezaban a imponerse en Europa occidental. El ejército disfrutaba de una autonomía notable y la autoridad última sobre las cuestiones militares permanecía fuera del alcance efectivo de la mayoría parlamentaria. Ambas afirmaciones eran ciertas al mismo tiempo.
El extraño experimento alemán
La Alemania de Guillermo II no era una dictadura. Tampoco era una democracia parlamentaria comparable a la británica. Era algo intermedio, una construcción política peculiar, difícil de clasificar y probablemente condenada a enfrentarse tarde o temprano a sus propias contradicciones.