Reflexiones sobre historia europea contemporánea (III)

El camino ¿inexorable? hacia la guerra

La democracia que llegaba demasiado deprisa

En los dos artículos anteriores hemos visto aspectos aparentemente contradictorios del Imperio alemán.

Por un lado, la Alemania de 1914 era una de las economías más dinámicas, innovadoras y científicamente avanzadas del planeta. Empresas como Krupp, Siemens, AEG, Bayer o BASF competían en la primera división mundial. Sus universidades atraían estudiantes extranjeros y sus laboratorios producían una cantidad extraordinaria de avances científicos.

Por otro, el Reich conservaba una estructura política y militar que debía mucho más a la Prusia del siglo XIX que a las democracias parlamentarias que empezaban a imponerse en Europa occidental. El ejército disfrutaba de una autonomía notable y la autoridad última sobre las cuestiones militares permanecía fuera del alcance efectivo de la mayoría parlamentaria. Ambas afirmaciones eran ciertas al mismo tiempo.

El extraño experimento alemán

La Alemania de Guillermo II no era una dictadura. Tampoco era una democracia parlamentaria comparable a la británica. Era algo intermedio, una construcción política peculiar, difícil de clasificar y probablemente condenada a enfrentarse tarde o temprano a sus propias contradicciones.

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Reflexiones sobre historia europea contemporánea (I)

Un ejército que tenía un país

El Imperio alemán había creado instituciones representativas y una sociedad de masas sin someter plenamente el poder militar al control parlamentario

Hay maldades políticas que sobreviven a la persona contra la que fueron escritas. Una de las más duraderas se atribuye a Honoré-Gabriel Riqueti, conde de Mirabeau: «Prusia no es un país que tiene un ejército, sino un ejército que tiene un país». La frase circula en versiones diferentes y su autoría exacta no está completamente resuelta, pero resume con una eficacia difícil de superar la posición que las armas llegaron a ocupar en la monarquía prusiana. Mirabeau conocía el terreno: había sido enviado en misión secreta a Berlín y publicó en 1788 De la monarchie prussienne sous Frédéric le Grand. La atribución tradicional reúne además aquella ocurrencia con otra sentencia no menos afilada: «La guerra es la industria nacional de Prusia».

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