La cena de los cayetanos

Hay acontecimientos que permiten conocer una ciudad mejor que cualquier campaña turística. No tanto por lo que muestran como por lo que revelan acerca de quienes se consideran sus propietarios naturales, de quienes aspiran a codearse con ellos y de quienes, desde las instituciones, parecen dispuestos a facilitarles el escenario. La gala de los premios Escaparate, celebrada el 17 de septiembre en la plaza Virgen de los Reyes con motivo del vigésimo aniversario de la revista, es uno de esos acontecimientos.

La plaza, a los pies de la Giralda y frente a la catedral, es uno de los espacios más reconocibles de Sevilla. No parece un emplazamiento elegido al azar: el monumento proporciona el fondo, la ciudad pone el decorado y los invitados aportan el reparto. Durante unas horas, un espacio público se convierte en el escenario de una celebración privada en la que la ciudad aparece representada por una selección de personas que, por razones diversas, se consideran dignas de figurar en la fotografía. La cuestión no es que se celebre una fiesta, ni siquiera que sus asistentes disfruten de ella. La cuestión es quién decide que ese acontecimiento merece ocupar ese lugar, en qué condiciones y con qué justificación cuando intervienen recursos públicos.

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