
Alemania antes de la tormenta: La potencia que ya había llegado
El Reich de 1914 no era una potencia emergente que tratara de alcanzar a sus rivales, sino una de las sociedades más ricas, industriales y avanzadas del planeta.
Existe una imagen muy arraigada sobre la Alemania de 1914: la de una potencia emergente, inquieta y ambiciosa, empeñada en encontrar su lugar en un mundo dominado por otros. Es una imagen comprensible, y también, en parte, engañosa.
Cuando observamos la Alemania que entró en la Primera Guerra Mundial no encontramos un país atrasado que tratara de alcanzar a sus rivales. Encontramos una de las tres grandes potencias económicas del planeta y, en algunos campos decisivos, la más dinámica de todas. A comienzos del siglo XX el sistema internacional descansaba sobre tres grandes pilares. Estados Unidos era ya la mayor economía del mundo. El Reino Unido seguía siendo el principal centro financiero y naval. Alemania se había convertido en el gran coloso industrial y científico del continente europeo.
Las cifras de 1913 ayudan a situar el problema en su justa dimensión.
| Indicador (1913) | Alemania | Reino Unido | Francia | Estados Unidos |
| Población (millones) | ~68 | ~46 | ~40 | ~97 |
| PIB total (miles de millones de dólares internacionales de 1990) | ~237 | ~225 | ~144 | ~517 |
| PIB per cápita | ~3.500 | ~4.900 | ~3.600 | ~5.300 |
| Exportaciones de mercancías/PIB | ~15-20 % | ~20-25 % | ~10-15 % | ~5-7 % |
| Acero (millones de toneladas) | ~18-19 | ~7-8 | ~5 | ~31-32 |
| Red ferroviaria (km) | ~63.000 | ~32.000 | ~51.000 | ~410.000 |
Alemania ya había alcanzado al Reino Unido en producción económica total y lo había superado ampliamente en varios indicadores industriales fundamentales. En producción de acero, auténtica medida de la potencia económica de la época, producía aproximadamente dos veces y media más que Gran Bretaña. Sólo Estados Unidos operaba en una escala claramente superior.
Las cifras de exportación reflejaban además una notable integración de Alemania en la economía mundial. Si nos limitamos al comercio de mercancías, especialmente bienes industriales, la distancia respecto al Reino Unido se había reducido de forma espectacular. Sin embargo, conviene evitar las simplificaciones. Los británicos conservaban una ventaja prácticamente inalcanzable en los llamados ingresos invisibles: transporte marítimo, seguros, banca, intermediación financiera e inversiones exteriores. La City no sólo financiaba una gran parte del comercio internacional; también obtenía beneficios de él incluso cuando las mercancías viajaban entre terceros países.
Aquella realidad encerraba una paradoja estratégica que preocupaba cada vez más a las élites alemanas. Cuanto más se integraba el Reich en la economía mundial, más dependía de unas rutas marítimas cuyo control último permanecía en manos británicas. Una parte creciente de la prosperidad alemana descansaba sobre el comercio internacional, la importación de materias primas y la exportación de productos manufacturados. Sin embargo, la Royal Navy conservaba la capacidad teórica de proteger o interrumpir esos flujos.
Para una potencia industrial con aspiraciones globales, aquella dependencia resultaba difícil de aceptar. El Reino Unido no sólo dominaba los océanos; dominaba el mecanismo que permitía funcionar a buena parte de la economía mundial. En ese dilema económico y estratégico se encontraba una de las raíces más profundas del desafío naval lanzado por Berlín a comienzos del siglo XX. Detrás de los acorazados, de la política naval de Tirpitz y de la Weltpolitik había también una pregunta incómoda: ¿podía una gran potencia aceptar que su acceso al mundo dependiera de la benevolencia de otra?
La cuestión histórica, por tanto, no es cómo llegó Alemania a convertirse en una potencia mundial. Eso ya había ocurrido. La verdadera pregunta es otra: ¿cómo era la Alemania que marchó a la guerra en 1914 y por qué una sociedad aparentemente tan exitosa terminó desarrollando tensiones que acabarían teniendo consecuencias tan profundas?
Un país nuevo que crecía a una velocidad extraordinaria
El Imperio alemán era una creación reciente. Había nacido en 1871 en la Galería de los Espejos de Versalles, tras la victoria sobre Francia. En términos históricos era casi un recién llegado. Muchos de los alemanes que vivían en 1914 habían nacido antes de la unificación y recordaban todavía una Europa en la que Prusia, Baviera, Sajonia o Wurtemberg conservaban amplios espacios de autonomía política.
Sin embargo, pocas potencias modernas crecieron con tanta rapidez. Entre 1871 y 1914 la población pasó de aproximadamente cuarenta millones de habitantes a cerca de sesenta y ocho millones. Las ciudades se expandieron de manera espectacular. Berlín se transformó en una metrópoli de dimensiones mundiales. El Ruhr cambió para siempre su paisaje bajo una concentración de minas, altos hornos y fábricas sin equivalente en gran parte del continente.
Aquel crecimiento no era simplemente demográfico. Estaba alterando la estructura social del país. Millones de personas abandonaban el campo para incorporarse a la economía industrial. La vieja Alemania rural seguía existiendo, pero cada año perdía peso frente a una nueva Alemania urbana, técnica y profesional.
La imagen tradicional del Reich como una sociedad dominada por aristócratas, funcionarios y oficiales resulta por ello incompleta. Era también la Alemania de los ingenieros, los químicos, los profesores, los empleados cualificados, los técnicos y las nuevas clases medias urbanas. Ninguna gran potencia europea vivía una transformación económica y social tan acelerada.
El éxito económico tenía además una consecuencia inevitable. Las nuevas fábricas no sólo producían acero, maquinaria o productos químicos. También producían nuevos grupos sociales. Allí donde surgía una poderosa burguesía empresarial aparecía igualmente una clase obrera cada vez más numerosa y organizada. Grandes industriales y grandes bancos convivían con sindicatos, cooperativas, asociaciones obreras y partidos de masas.
La Alemania de 1914 era tanto el país de Krupp, Siemens o Bayer como el país de millones de trabajadores organizados colectivamente. El desarrollo industrial estaba transformando la estructura de la sociedad con una profundidad comparable a la de sus avances tecnológicos. Era una historia de éxito económico. Pero también el origen de nuevas tensiones cuya importancia resultaría decisiva en los años siguientes.
Vista en conjunto, la Alemania que surgía de este proceso era una de las sociedades más modernas del planeta.
El gigante industrial de Europa

A finales del siglo XIX todavía era posible describir al Reino Unido como el taller del mundo. En vísperas de la Primera Guerra Mundial aquella definición empezaba a quedarse anticuada. Gran Bretaña seguía siendo inmensamente rica y conservaba ventajas decisivas en las finanzas internacionales, el transporte marítimo y la exportación de capitales, pero ya no era la referencia indiscutible en todos los sectores industriales.
La industria alemana destacaba por su tamaño, aunque sería un error pensar que ésa era su principal virtud. Lo que realmente distinguía al Reich era la sofisticación tecnológica de su aparato productivo. La Segunda Revolución Industrial exigía algo más que carbón, hierro y locomotoras. Requería química avanzada, ingeniería eléctrica, metalurgia moderna, investigación aplicada y una colaboración cada vez más estrecha entre universidades, laboratorios y empresas. Precisamente ahí residía una de las grandes fortalezas de Alemania.
Empresas como Krupp, BASF, Bayer, Hoechst, Siemens o AEG no eran simplemente campeones nacionales. Se encontraban entre las corporaciones más avanzadas e influyentes del mundo. Alemania ocupaba posiciones de liderazgo en acero, ingeniería pesada, electricidad, maquinaria industrial y productos químicos avanzados. Su éxito no consistía únicamente en producir mucho. Consistía en producir aquello que representaba la frontera tecnológica de la época.
La diferencia era importante. El Reino Unido había sido la gran potencia de la primera industrialización. Alemania se estaba convirtiendo en una de las protagonistas de la segunda. Allí donde el siglo XIX había girado alrededor del carbón, el vapor y el textil, el comienzo del siglo XX empezaba a girar alrededor de la electricidad, la química, el motor de combustión y las nuevas formas de comunicación. El Reich parecía especialmente bien situado para prosperar en ese nuevo entorno.
La química constituía probablemente el mejor ejemplo. A comienzos del siglo XX una parte sustancial de la producción mundial de colorantes sintéticos, productos farmacéuticos y procesos químicos industriales dependía de empresas y laboratorios alemanes. Muchas industrias extranjeras utilizaban patentes, conocimientos o procedimientos desarrollados en el Reich. En algunos ámbitos, una parte relevante de la ciencia aplicada mundial hablaba literalmente alemán.
La trayectoria de Bayer ilustra bien este fenómeno. La compañía había sido fundada en 1863 por Friedrich Bayer y Johann Friedrich Weskott como una modesta fábrica de colorantes sintéticos. En pocas décadas se transformó en una empresa química de alcance internacional, abrió instalaciones fuera de Alemania y se situó en la vanguardia de la investigación aplicada. El momento decisivo llegó en 1899, cuando lanzó al mercado la Aspirina, nombre comercial del ácido acetilsalicílico sintetizado dos años antes por Felix Hoffmann. Pocos productos simbolizan mejor la posición alcanzada por la industria alemana en vísperas del siglo XX: una innovación nacida de la investigación científica, desarrollada por una gran empresa industrial y convertida rápidamente en un producto global.
Tampoco era un caso aislado. Krupp producía artillería, acero y maquinaria pesada a una escala sin equivalente en gran parte de Europa. Siemens y AEG impulsaban la electrificación de ciudades enteras. BASF y Hoechst lideraban sectores punteros de la química industrial. Los grandes bancos aportaban capital. Las universidades suministraban conocimientos científicos. Los institutos técnicos formaban ingenieros. Las empresas transformaban todo ello en productos capaces de competir en cualquier mercado del mundo.
La gran ventaja alemana no residía en una invención concreta ni en un único sector industrial. Era un sistema. La investigación científica alimentaba a la industria, la industria financiaba la investigación y ambas se apoyaban sobre una estructura educativa y financiera extraordinariamente eficaz. En pocos lugares del mundo la cooperación entre ciencia, tecnología y empresa había alcanzado un grado semejante de desarrollo.
Por eso la Alemania de 1914 era algo más que una potencia industrial. Era uno de los principales laboratorios de la modernidad. Muchos de los avances que estaban transformando la vida cotidiana de millones de personas, desde los medicamentos hasta la electricidad o los nuevos materiales industriales, pasaban de una manera u otra por universidades, laboratorios o fábricas alemanas.
Y, sin embargo, aquella revolución tecnológica tampoco se desarrollaba en aislamiento. Las innovaciones alemanas circulaban por una economía mundial cada vez más integrada. Los productos, las ideas, el capital y la información cruzaban continentes enteros con una velocidad sin precedentes. Para comprender plenamente el ascenso alemán resulta necesario observar también el escenario en el que se desenvolvía: la primera gran globalización de la historia contemporánea.
La primera globalización
La extraordinaria expansión industrial alemana se desarrolló en un contexto histórico muy particular. Entre finales del siglo XIX y los años anteriores a la Primera Guerra Mundial, el mundo experimentó un grado de integración económica sin precedentes. El vapor había reducido los costes del transporte marítimo. Los ferrocarriles penetraban cada vez más profundamente en continentes enteros. Los flujos de capital cruzaban fronteras a gran velocidad. Y, sobre todo, la información viajaba más deprisa que nunca.
Aquella economía industrial no funcionaba de manera aislada. Estaba integrada en una red mundial de comunicaciones cuya importancia para los contemporáneos resulta difícil de exagerar. El telégrafo eléctrico había hecho posible transmitir información entre continentes en cuestión de minutos, reduciendo drásticamente los costes de coordinación de los negocios, las finanzas y el comercio internacional. Si el ferrocarril había comprimido el espacio, el telégrafo había comprimido el tiempo.
Para un comerciante londinense, un banquero berlinés o un exportador de Hamburgo, el mundo de 1914 era ya, en muchos aspectos, un mundo conectado. Las cotizaciones viajaban por cable, las órdenes comerciales cruzaban océanos a velocidad casi instantánea y los grandes mercados internacionales reaccionaban cada vez más como un sistema único. El telégrafo ocupaba en aquella economía globalizada una posición comparable a la que Internet desempeña en la nuestra: una infraestructura invisible sobre la que descansaba una parte creciente de la actividad económica moderna.
Alemania no observaba aquella transformación desde la periferia. Era uno de sus principales protagonistas. Su industria, sus bancos, sus exportadores y sus puertos participaban plenamente en una economía internacional mucho más integrada de lo que solemos imaginar cuando pensamos en la Europa anterior a 1914.
Siemens y la conquista de las comunicaciones
Pocas trayectorias ilustran mejor esa integración global que la de Werner Siemens. Cuando fundó Siemens & Halske en 1847, la empresa era apenas un pequeño taller berlinés dedicado a la telegrafía eléctrica. Medio siglo después se había convertido en uno de los símbolos de la pujanza tecnológica alemana.
La expansión internacional de la compañía resulta especialmente reveladora. Entre 1868 y 1870 Siemens participó en la construcción del tramo principal de la línea telegráfica que conectaba Europa con la India británica. Cerca de setenta mil postes telegráficos fueron instalados a través de miles de kilómetros entre Prusia y Teherán. Cuando la línea entró en funcionamiento, un mensaje podía viajar entre Londres y Calcuta en apenas veintiocho minutos, frente a las varias semanas que había necesitado hasta entonces el correo transportado por tierra y mar.
Para los contemporáneos, el impacto fue difícil de exagerar. Aquello equivalía a conectar dos extremos del Imperio británico mediante una infraestructura de comunicación prácticamente instantánea. En cierto sentido, la empresa alemana estaba contribuyendo a construir uno de los primeros grandes corredores de información global de la historia.
La compañía repetiría la hazaña pocos años después al participar en el tendido de conexiones telegráficas permanentes a través del Atlántico. Tras superar tormentas, averías y dificultades técnicas considerables, el cable entre Irlanda y Terranova entró en servicio en 1875. Nuevas líneas seguirían posteriormente el mismo camino.
Dicho de otra forma: una empresa alemana participaba directamente en la construcción de la infraestructura de comunicaciones de la economía mundial.
El ejemplo también permite comprender una característica fundamental del ascenso alemán. La fuerza del Reich no residía únicamente en la producción de acero o carbón. Alemania estaba empezando a destacar en sectores intensivos en conocimiento, allí donde la ciencia, la ingeniería y la industria trabajaban de forma conjunta para crear tecnologías completamente nuevas.
Berlín-Bagdad y las ambiciones globales del Reich
La misma lógica puede apreciarse en otro proyecto que fascinó y preocupó a los contemporáneos: el ferrocarril Berlín-Bagdad.
La idea era sencilla y ambiciosa al mismo tiempo. Mediante una red ferroviaria continua, el capital y la ingeniería alemanes debían conectar Europa Central con Anatolia, Mesopotamia y, eventualmente, el Golfo Pérsico. Más que una simple infraestructura de transporte, el proyecto simbolizaba la creciente presencia económica alemana en el Imperio otomano y en una región donde la influencia británica había sido tradicionalmente predominante.
En 1914 la línea estaba lejos de estar completada. Los difíciles pasos montañosos de Anatolia seguían planteando importantes obstáculos técnicos y varios tramos permanecían inconclusos. Sin embargo, el proyecto ya tenía una enorme importancia política. Lo relevante no era sólo el ferrocarril que existía, sino el que podía llegar a existir.
Las discusiones más delicadas aparecieron precisamente cuando la línea comenzó a aproximarse al área del Golfo Pérsico. Para Londres, la perspectiva de una infraestructura financiada y gestionada por intereses alemanes que alcanzara las proximidades de Basora o Kuwait despertaba inevitables preocupaciones estratégicas. Aquellas aguas estaban estrechamente vinculadas a las comunicaciones imperiales británicas y, cada vez más, a intereses energéticos de creciente importancia.
Sin embargo, reflejaba una transformación geopolítica de mayor alcance.
Durante gran parte del siglo XIX, el principal socio exterior de Constantinopla había sido el Reino Unido. Desde los tiempos de Palmerston, Londres había considerado esencial preservar la integridad del Imperio otomano frente a las ambiciones rusas, una política que alcanzó su máxima expresión durante la Guerra de Crimea. Sin embargo, los estados no tienen amistades permanentes, sino intereses permanentes. A medida que Gran Bretaña consolidó su posición en el Canal de Suez y comenzó a aproximarse diplomáticamente a Francia y Rusia, la utilidad estratégica del Imperio otomano disminuyó. Desde la perspectiva turca, el viejo protector parecía cada vez menos dispuesto a actuar como tal. La conquista italiana de Libia en 1911 y las guerras balcánicas de 1912-1913 reforzaron la sensación de abandono.
El acercamiento a Alemania no fue consecuencia exclusiva del ferrocarril, pero sí se vio favorecido por ese progresivo distanciamiento anglo-otomano. Aun así, la ruptura estaba lejos de ser completa. Todavía en vísperas de la guerra los dirigentes otomanos habían encargado sus más modernos acorazados a astilleros británicos, prueba de que seguían considerando al Reino Unido un socio fundamental para su defensa. Precisamente por ello, la decisión de Winston Churchill de requisar los buques al estallar la crisis de 1914 causó una profunda conmoción en Constantinopla. Para muchos dirigentes de los Jóvenes Turcos, aquella medida confirmó una impresión que llevaba años madurando: el Reino Unido ya no estaba dispuesto a desempeñar el papel que había ejercido el siglo anterior. Alemania no ocupó de golpe el lugar de Gran Bretaña, pero el episodio hizo mucho más fácil que Berlín apareciera como el socio europeo más útil para un Imperio otomano que buscaba desesperadamente modernizarse y sobrevivir.
Eso explicaba tanto el orgullo de muchos alemanes como la creciente inquietud de algunos observadores británicos. Una Alemania capaz de construir locomotoras, producir productos químicos, financiar grandes infraestructuras y conectar mercados internacionales era también una Alemania que aspiraba a desempeñar un papel cada vez más importante en el equilibrio global de poder.
Y esa ambición encontraba cada día nuevos instrumentos para materializarse. Algunos nacían en gigantes industriales como Bayer o Siemens. Otros surgían en talleres, laboratorios y oficinas de diseño donde ingenieros alemanes experimentaban con tecnologías destinadas a transformar por completo el transporte, la energía y la vida cotidiana. Ese era el mundo de Daimler, Maybach y los pioneros de la nueva era mecánica.
Un país de inventores e ingenieros
Las estadísticas económicas ayudan a comprender la magnitud del ascenso alemán, pero a veces un inventor ilustra mejor una época que toda una tabla de cifras. Pocos ejemplos resultan tan reveladores como el de Gottlieb Daimler y su colaborador Wilhelm Maybach.
Ambos perseguían un objetivo aparentemente sencillo: desarrollar motores de combustión interna compactos, potentes y suficientemente ligeros para ser instalados en cualquier vehículo. Aquella búsqueda terminó produciendo una sucesión extraordinaria de innovaciones. En 1885 construyeron el Reitwagen, considerado generalmente la primera motocicleta de gasolina de la historia. Equipado con un pequeño motor monocilíndrico de apenas medio caballo de potencia, el vehículo había sido concebido como un banco de pruebas para demostrar la viabilidad de los nuevos motores de alta velocidad. Su rendimiento resultaría modesto para los estándares actuales, pero señalaba el camino hacia una auténtica revolución del transporte.
Un año después, Daimler y Maybach adaptaron uno de aquellos motores a un carruaje convencional de cuatro ruedas, creando uno de los primeros automóviles prácticos impulsados por gasolina. Mientras Carl Benz desarrollaba su célebre triciclo motorizado, Daimler demostraba que la tracción animal podía ser sustituida por máquinas compactas y relativamente fiables. Aquellos experimentos marcaron el nacimiento de una industria destinada a transformar la economía mundial durante el siglo siguiente.
La cadena de innovaciones no terminó ahí. En 1896 apareció el primer camión con motor de combustión diseñado por Daimler. Lo que hasta entonces dependía de caballos o de pesados vehículos de vapor comenzó a evolucionar hacia sistemas de transporte mecánico mucho más eficientes. Sin saberlo, aquellos ingenieros estaban poniendo algunos de los cimientos de la logística moderna.
El aspecto más significativo de esta historia no es únicamente la genialidad de unos inventores concretos. Es el entorno que hizo posible sus logros. La Alemania del Kaiser parecía producir ingenieros, químicos, físicos y empresarios con una fertilidad extraordinaria. Las universidades, los institutos técnicos, los bancos y las grandes empresas industriales formaban un ecosistema especialmente favorable para la innovación. Cuando el Reich entró en la Primera Guerra Mundial, no era sólo una potencia rica. Era probablemente el lugar del mundo donde la colaboración entre ciencia, ingeniería e industria había alcanzado uno de sus grados de desarrollo más avanzados.
El submarino ofrece otro ejemplo revelador. La idea de una embarcación capaz de operar bajo el agua existía desde hacía décadas, pero los avances de finales del siglo XIX permitieron transformarla en una herramienta militar práctica. El submarino moderno surgió de la combinación de tecnologías distintas: motor diésel para la navegación en superficie, motor eléctrico para la inmersión, nuevas baterías, metalurgia avanzada y sistemas de navegación cada vez más sofisticados. La innovación no residía en una única invención revolucionaria, sino en la capacidad para integrar numerosos avances dispersos en una máquina completamente nueva.
Ese rasgo aparece una y otra vez en la historia tecnológica alemana de la época. El Reich no destacaba necesariamente por haber inventado cada uno de los componentes fundamentales de la Segunda Revolución Industrial. Su verdadera fortaleza consistía en algo quizá más importante: la capacidad para reunir conocimientos científicos, capital financiero, ingeniería avanzada y producción en gran escala hasta convertirlos en productos capaces de transformar el mundo.
La motocicleta, el automóvil, el camión, la química industrial, la electrificación o el submarino respondían en el fondo a una misma lógica. Eran el resultado de un ecosistema donde la ciencia dejaba de ser una actividad aislada para convertirse en una fuerza productiva. Y en ningún lugar resultaba tan visible esa conexión entre conocimiento y poder económico como en las universidades y laboratorios alemanes que, en vísperas de 1914, atraían talento de todos los rincones del planeta.
La fábrica científica del mundo
La extraordinaria fuerza industrial alemana descansaba sobre una característica menos visible, pero quizá aún más importante: su sistema científico. Los altos hornos, las fábricas químicas y las empresas eléctricas eran la parte más visible del fenómeno. Detrás de ellas existía una red de universidades, institutos de investigación, escuelas técnicas y laboratorios que suministraba de manera constante conocimientos, innovaciones y personal altamente cualificado.
Hoy nos resulta natural asociar la investigación científica de vanguardia con Estados Unidos. En 1914 la situación era muy distinta. Las universidades más prestigiosas del mundo eran europeas y, entre ellas, las alemanas ocupaban una posición central. Berlín, Heidelberg, Múnich, Leipzig o Gotinga atraían estudiantes e investigadores procedentes de Rusia, Escandinavia, Japón, España y los propios Estados Unidos. Para muchas disciplinas científicas, Alemania representaba el lugar al que había que acudir si se pretendía trabajar en la frontera del conocimiento.
La analogía más cercana para un lector actual sería la que representan hoy los grandes campus estadounidenses. Del mismo modo que generaciones de europeos viajarían a Harvard, MIT, Stanford o Berkeley durante el siglo XX, numerosos jóvenes investigadores cruzaban fronteras para completar su formación en las universidades alemanas de comienzos del siglo XX. En buena medida, Alemania desempeñaba el papel que Estados Unidos asumiría décadas después.
El caso español ilustra bien este fenómeno. La generación científica impulsada por la Junta para Ampliación de Estudios consideraba a Alemania uno de los destinos formativos más prestigiosos del continente. Entre quienes siguieron ese camino se encontraba Juan Negrín, que desarrolló una parte fundamental de su formación académica en Leipzig y era docente e investigador en esa universidad en 1914. No se trataba de una excepción. Situaciones similares podían encontrarse en numerosos países europeos y americanos. Cuando un joven científico ambicioso buscaba los mejores laboratorios, las universidades alemanas aparecían invariablemente entre las primeras opciones.
La fortaleza del modelo alemán no residía únicamente en la calidad de algunos profesores brillantes. Lo verdaderamente notable era la existencia de un sistema. Las universidades mantenían una estrecha relación con la industria. Los laboratorios investigaban problemas que interesaban a las empresas. Las empresas financiaban investigación. Los estudiantes encontraban una salida natural en las nuevas profesiones técnicas e industriales creadas por la Segunda Revolución Industrial. La distancia entre el descubrimiento científico y su aplicación práctica era menor que en muchos otros países.
Los premios Nobel ofrecen, entonces y ahora, una forma sencilla de medir aquel prestigio.
| Premios Nobel científicos (1901-1914) |
| Alemania: 14 |
| Reino Unido: 8 |
| Francia: 6 |
| Países Bajos: 4 |
| Suecia: 4 |
| Dinamarca: 3 |
| Italia: 3 |
| Estados Unidos: 1 |
El contraste con la imagen contemporánea resulta llamativo. Alemania acumulaba catorce Nobel científicos entre 1901 y 1914. El Reino Unido obtenía ocho y Francia seis. Estados Unidos, la futura superpotencia científica del siglo XX, apenas contaba con uno. La mayor economía del planeta seguía importando métodos, formación e investigadores desde Europa. Y dentro de Europa el principal punto de referencia era Alemania.
España podía exhibir con orgullo una figura de dimensión universal en la persona de Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel de Medicina en 1906 y uno de los fundadores de la neurociencia moderna. Precisamente porque Cajal era una figura tan excepcional, la generación posterior trató de completar su formación en los grandes centros científicos europeos, especialmente los alemanes. España tenía a Cajal; Alemania tenía un sistema capaz de producir de manera continua físicos, químicos, médicos e ingenieros de primera línea internacional.
Los números, por sí solos, no cuentan toda la historia. Detrás de aquellos premios aparecían nombres que dominaban disciplinas enteras. La física alemana ocupaba posiciones de vanguardia en un momento en que la comprensión del universo estaba siendo revolucionada. La química alemana alimentaba industrias que abastecían a medio mundo. La medicina alemana atraía estudiantes extranjeros a hospitales y laboratorios considerados modélicos. La investigación científica se había convertido en uno de los pilares del prestigio nacional.
Mirado desde 1914, el resultado era impresionante. Alemania no sólo fabricaba algunos de los productos más avanzados del planeta. También producía una parte considerable del conocimiento que permitía fabricarlos. Ciencia e industria se alimentaban mutuamente en un círculo virtuoso que parecía confirmar la llegada del Reich a la primera fila mundial.
Sin embargo, conviene introducir un matiz importante. El liderazgo científico e industrial alemán no significaba que dominara todos los ámbitos del poder económico. La economía mundial anterior a la guerra seguía descansando sobre varios centros de poder distintos. Si Berlín podía reivindicar la condición de gran potencia industrial y científica, Londres continuaba siendo algo diferente: el gran centro financiero del planeta. Y ahí la comparación seguía favoreciendo claramente a los británicos.
El dinero del mundo y las fábricas del mundo
Sin embargo, conviene evitar una simplificación excesiva. Alemania podía aspirar legítimamente al título de gran potencia industrial y científica, pero eso no significaba que dominara todos los ámbitos del poder económico. La economía mundial de 1914 descansaba sobre varios centros de gravedad distintos, y algunos de ellos seguían encontrándose claramente fuera del Reich.
Londres continuaba siendo la capital financiera del planeta. La City financiaba ferrocarriles en Argentina, explotaciones mineras en Sudáfrica, deuda pública en varios continentes y una parte sustancial del comercio internacional. Los capitales británicos fluían por el mundo con una intensidad que ninguna otra potencia podía igualar. Más importante aún, Gran Bretaña obtenía enormes beneficios de actividades prácticamente invisibles para el observador corriente: transporte marítimo, seguros, banca, intermediación comercial y gestión de inversiones.
Ésa era una ventaja que las estadísticas industriales no siempre reflejan adecuadamente. Alemania producía más acero que Gran Bretaña y rivalizaba con ella en numerosos sectores manufactureros, pero en materia de servicios internacionales la distancia seguía siendo enorme. Los armadores británicos transportaban mercancías que ni procedían ni tenían como destino el Reino Unido. Las aseguradoras londinenses cubrían operaciones realizadas en todos los océanos. Los bancos de la City financiaban proyectos que jamás pisaban suelo británico. Si Alemania era una de las grandes fábricas del mundo, Gran Bretaña seguía siendo, en muchos aspectos, su principal banquero.
Aquella diferencia explica también una parte de la serenidad estratégica británica y de la inquietud alemana. Los británicos extraían beneficios del comercio mundial incluso cuando no participaban directamente en él. Alemania, por el contrario, dependía en mucha mayor medida de que sus productos llegaran a los mercados exteriores y de que las materias primas alcanzaran sus fábricas. La globalización beneficiaba enormemente a ambos países, pero no de la misma manera.
Eso no significa que Alemania careciera de un sistema financiero potente. Muy al contrario. Durante las décadas anteriores a la guerra, los grandes bancos alemanes habían experimentado una expansión espectacular. Instituciones como Deutsche Bank, Dresdner Bank o Disconto-Gesellschaft no se limitaban a conceder créditos. Participaban en empresas, impulsaban emisiones de capital, financiaban infraestructuras y acompañaban a la industria alemana en su expansión internacional. Representaban un modelo muy distinto del británico, pero extraordinariamente eficaz.
Si Londres era el gran mercado financiero del mundo, Berlín comenzaba a convertirse en uno de los grandes centros financieros de la industrialización moderna. Los bancos alemanes actuaban como socios de las empresas, conectando capital, tecnología e industria de una forma que impresionó a muchos observadores extranjeros. La expansión del Reich hacia mercados exteriores no era únicamente obra de ingenieros, científicos o empresarios. También descansaba sobre instituciones financieras capaces de movilizar enormes recursos hacia proyectos industriales y tecnológicos.
Esta combinación explica buena parte del éxito alemán. Las universidades producían conocimiento. Los institutos técnicos formaban especialistas. Las empresas convertían ese conocimiento en productos. Los bancos proporcionaban el capital necesario para llevarlos a escala industrial. Cada elemento reforzaba a los demás.
Visto desde la perspectiva de 1914, el equilibrio internacional parecía relativamente claro. Estados Unidos era la mayor economía del mundo. Gran Bretaña seguía siendo el gran centro financiero y marítimo global. Alemania se había convertido en la principal potencia industrial y científica del continente europeo. Tres liderazgos distintos. Tres formas diferentes de ejercer el poder.
Y todas ellas descansaban, en última instancia, sobre sociedades capaces de educar, movilizar y organizar a millones de personas. También en ese terreno el Reich había experimentado una transformación extraordinaria. Su modernización no se limitaba a las fábricas, los laboratorios o los bancos. Estaba alterando profundamente la vida cotidiana de sus habitantes y dando origen a una auténtica sociedad de masas.
Una sociedad moderna de masas
La transformación alemana no era únicamente económica. También tenía una profunda dimensión social y cultural. Las mismas fuerzas que estaban levantando fábricas, tendiendo líneas férreas y creando empresas químicas o eléctricas estaban cambiando la vida cotidiana de millones de personas.
A comienzos del siglo XX, Alemania pertenecía ya al reducido grupo de grandes países occidentales prácticamente alfabetizados. En este terreno no se encontraba sola. Reino Unido, Francia y gran parte de Estados Unidos presentaban niveles similares. La diferencia alemana no residía tanto en la capacidad de leer y escribir como en la organización del sistema educativo y en su estrecha conexión con las necesidades de una economía industrial avanzada.
Instituciones como el Gymnasium, las escuelas técnicas y las universidades formaban parte de un entramado notablemente coherente. La formación científica gozaba de un enorme prestigio social. Los estudios de ingeniería constituían una vía de ascenso profesional respetada. Los talleres industriales encontraban técnicos cualificados. Las empresas hallaban ingenieros. Los laboratorios reclutaban investigadores. La educación y la economía avanzaban en la misma dirección.
No era una casualidad. La Segunda Revolución Industrial necesitaba trabajadores capaces de manejar maquinaria compleja, interpretar planos, comprender procesos químicos o gestionar sistemas industriales cada vez más sofisticados. La Alemania imperial había conseguido crear una relación especialmente estrecha entre escuela, universidad e industria. Buena parte de los rasgos que todavía hoy asociamos a su modelo educativo hunden sus raíces en aquel periodo: la valoración de la formación técnica, la cooperación entre centros educativos y empresas y la convicción de que la educación constituye un instrumento esencial para la competitividad nacional.
El resultado fue una sociedad crecientemente urbana, instruida y especializada. En pocas décadas, millones de personas habían abandonado el mundo rural de sus padres para incorporarse a una economía basada en fábricas, oficinas, laboratorios y redes de transporte. Las ciudades crecían. Las universidades crecían. Las empresas crecían. El país parecía encontrarse inmerso en un proceso continuo de expansión y modernización.
Aquella transformación también estaba modificando la estructura política del Reich. El crecimiento económico había impulsado una poderosa burguesía empresarial formada por industriales, comerciantes, banqueros e ingenieros, pero también había dado lugar a una de las clases obreras más numerosas y organizadas de Europa. Sindicatos, cooperativas y asociaciones proliferaban en las grandes ciudades industriales. En las elecciones de 1912, el SPD se había convertido ya en el partido más votado del Reichstag. El desarrollo económico estaba creando nuevos actores sociales cuya influencia aumentaba año tras año.
Visto desde cierta distancia, éste fue quizá el cambio más profundo de todos. El Imperio alemán había nacido en 1871 como una federación dominada por monarquías, aristócratas y burocracias tradicionales. En 1914 seguía conservando muchos de esos rasgos, pero debajo de esa estructura estaba apareciendo otra Alemania: urbana, alfabetizada, industrial, técnicamente formada y organizada en masas.
La Alemania que cruzó el umbral de agosto de 1914 ya no era la Alemania de Bismarck. Era una de las sociedades más complejas, dinámicas y modernas del mundo.
La pregunta incómoda
Y aquí aparece el verdadero problema histórico. Si observamos únicamente las cifras económicas, la situación resulta impresionante. Alemania había igualado al Reino Unido en producción total y lo había superado en numerosos indicadores industriales. Sus universidades atraían estudiantes de todo el planeta. Sus empresas se encontraban entre las más avanzadas del mundo. Sus ingenieros participaban en grandes proyectos internacionales. Sus científicos acumulaban premios Nobel a un ritmo superior al de cualquier otra potencia europea.
Tampoco parece una nación aislada. El Reich estaba profundamente integrado en la primera globalización. Exportaba productos industriales a numerosos mercados, importaba materias primas de todo el mundo y participaba en redes internacionales de comercio, finanzas, transporte y comunicaciones. El telégrafo, el ferrocarril y el vapor habían convertido a Alemania en uno de los grandes centros de la economía mundial.
Nada de esto encaja fácilmente con la imagen de una potencia frustrada o condenada al fracaso. Cuantos más indicadores observamos, más difícil resulta sostener que el Reich estuviera sumido en una crisis económica o en una decadencia comparable a la de otras potencias históricas antes de su caída.
La fotografía que ofrecen las cifras es, en realidad, muy distinta. Alemania parece menos una nación que intenta alcanzar la cima que una nación que ya se encuentra en ella.
Y precisamente por eso surge la pregunta decisiva.
Si la economía, la industria, la ciencia y las universidades funcionaban y si el país acumulaba éxitos en casi todos los ámbitos imaginables, ¿dónde se encontraban las tensiones que terminarían condicionando su destino?
La respuesta no está en las fábricas, los laboratorios ni los balances económicos. Habrá que buscarla en el Reichstag, en la estructura constitucional del Imperio, en las relaciones entre el poder civil y el militar, en Prusia, en el ascenso de la socialdemocracia y en las contradicciones de una sociedad que estaba cambiando quizá más deprisa de lo que algunos de sus dirigentes estaban dispuestos a aceptar.
Epílogo personal
Hay una reflexión que siempre me acompaña cuando veo documentales sobre la Alemania anterior a 1914. Los altos hornos del Ruhr, las grandes estaciones ferroviarias, las primeras centrales eléctricas, los laboratorios universitarios o las fábricas de Siemens y Bayer parecen pertenecer a un país que estaba construyendo el siglo XX delante de nuestros ojos.
Por supuesto, la historia no permite responder con certeza a las preguntas contrafactuales. No sabemos qué conflictos habrían surgido, qué crisis habría afrontado el Reich o qué límites habría encontrado aquel extraordinario proceso de crecimiento. Pero resulta difícil no preguntarse hasta dónde habría llegado una Alemania que, en lugar de desviarse hacia la búsqueda de una gloria incierta y una seguridad siempre esquiva, hubiera continuado concentrando sus energías en el desarrollo económico, científico y tecnológico que tan buenos resultados le estaba proporcionando.
Cuando uno contempla las viejas fábricas, los puentes ferroviarios o las grandes obras de ingeniería de aquel periodo, la impresión no es la de una potencia en decadencia ni la de una nación desesperada. Es la de una sociedad extraordinariamente dinámica que estaba alcanzando algunas de las cotas más altas de prosperidad y modernización de Europa. Quizá por eso la tragedia posterior resulta tan fascinante. La Alemania imperial no fue sólo una potencia derrotada. Fue también una de las grandes oportunidades perdidas de la historia europea.